17 de noviembre de 2018

Tarde de asado



Recuerdo que cuando chico mi mayor anhelo para vacaciones era que alcanzara la plata para ir a la playa. En esos tiempos para mi no existía Cachagua, Algarrobo o Reñaca. La playa era la casa en Valparaíso de una tía de mi mamá, una entremedio de los cerros, perdida casi en lo alto, normal, sin lujos, como la mía en la población, pero algo más amplia y con patio grande, y sobretodo con mucho cariño familiar. Recuerdo el desayuno mirando el mar a lo lejos y una sopa exquisita a media tarde.

Ese recuerdo viene ahora, en este asado al que nos invitaron, escuchando las historias de vacaciones de los invitados. En una esquina escucho una voz diciendo que en Suecia al fin pudo visitar Sofo y comprar algunas cositas. Otro menciona el tenso ambiente que aún se vive en Madrid por el conflicto con Cataluña. Alguien recuerda los excepcionales paisajes de Bélgica. Y el dueño de casa sigue argumentando que la exposición de arte en el Louvre sigue siendo la mejor de todas. En otra de las esquinas, un hombre relativamente joven, después de recorrer varios países, sigue pensando que las italianas son las más simpáticas. Una de las muchachas comenta que decidió irse a vivir a Escocia porque el kilt es de lo más sexy. Y en otro rincón se sigue escuchando la importancia en Chile de la educación sexual a las adolescentes pobres porque no pueden pagar un aborto, que en Europa está cubierto en los planes de salud, al menos cierta parte.

Eso es en el sector de adultos, en el sector de niños, con toda la inocencia que eventualmente podría haber, el ambiente no es tan distinto.

La tensión infantil se comenzó a sentir cuando los otros niños -mayores que el mío- comenzaron a jugar con el último juguete tecnológico, de esos que valen 300 lucas. Cuando pidió que se lo prestaran comenzó la lluvia de excusas. Que es peligroso, que no sabes usarlo, que te vas a golpear, que lo vas a romper, que le vas a gastar las baterías. Cuando pienso en acercarme mi hijo ya está refugiado en la seguridad del plato de ramitas, viendo cómo la dueña de casa reprende tibiamente a su hijo por no prestar el famoso juguete.

Mi esposa me mira fijamente y me hace señas para que lo vaya a consolar. Tampoco está contenta con el ambiente. Ya me dijo que no entiende las palabras rebuscadas y menos las que dicen en inglés o francés, por muy bonito que suenen.

Me acerco a mi hijo y le digo que no importa, que cuando lleguemos a la casa podemos jugar con su Spiderman favorito, o jugar las carreras de auto que le gustan, con choques y todo. Me sonríe y sus ojos brillan.

En mi interior se abre el debate ¿qué hago aquí? ¿por qué tenemos que soportar esto? Estas personas viven como reyes, con dos nanas, en una casa donde el comedor es del porte de mi departamento, que viajan donde y cuando quieren porque tienen unos sueldos que alcanzarían para dar de comer a las familias de dos o tres manzanas de mi barrio, con postre incluído.

Pero no puedo hacer un escándalo, es la casa de mi jefe y está rodeado de su familia, nosotros somos simples invitados. Me invitó porque dijo que me dará unas buenas noticias. Seguramente ahora sí que me va a subir el sueldo en las cincuenta lucas que le pedí hace casi dos años. Mejor le doy más ramitas a mi hijo y otro pisco sour a mi señora para que se aguanten un ratito más.

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