7 de diciembre de 2016

Cuento de despedida del jardín infantil


Había una vez, un ángel en el cielo, estaba jugando con otro ángel a la pinta. Eran los mejores amigos, siempre jugaban juntos. Estaban en un parque donde había muchos otros ángeles.
-¿Cuándo iré con mi mamá y papá? -preguntó uno de ellos a otro ángel grande que pasaba por ahí.
-Ya está todo listo, mañana conocerás a tu familia-Le contestó.
-¿Qué es una familia?
-Familia son unas personas que están juntas y se quieren mucho.
-¿Y a mi también me van a querer?
-¡Claro! ¡Si te están esperando!
-¡Yupi! ¿Y cómo sé quienes son?
-Los reconocerás porque tu mamá es la más bella del mundo, y tu papá es el más fuerte de todos.
Esa noche, al ángel le cuesta quedarse dormido de tanto nervio que tiene, pensando en lo que pasará al día siguiente.
Cuando despierta al otro día y abre los ojos, se encuentra con una mujer que lo tiene en brazos, lo mira con mucho amor. El ángel la mira fijamente a los ojos, y reconoce.
-¡Mamá!
La mamá mira este ángel, que se ha convertido en un bello bebé recién nacido, le da un tremendo besote en su carita.
Luego, el bebé mira al lado y ve un hombre. El hombre sonríe cuando el bebé lo ve.
-¡Papá!
Y el papá toma al bebé y le da un tremendo abrazo muy apretado.
El ángel se ha convertido en bebé y ahora está con su familia.
El bebé crece, aprende primero a sentarse y después a caminar. A veces se cae pero no importa. ¡Caminar es divertido!
También aprende a hablar, conoce muchas palabras nuevas, y las va diciendo a todas las personas que conoce.
Un día, mamá y papá le cuentan al niño que lo van a llevar a un lugar entretenido, se llama “Jardín”.
-¿Qué es un jardín?
-Un jardín es un lugar donde puedes aprender y ver cosas nuevas, y hay otros niños para jugar.
-¿No me va a pasar nada? -Le pregunta el niño a papá y mamá.
-Claro que no, en el jardín se pasa bien y hay cosas divertidas.
Al otro día lo llevan al jardín. Es un lugar de muchos colores, y hay muchos niños.
Cuando entra en la sala ve muchos juguetes, es un jardín grande pero tiene mesas y sillas pequeñas para poder sentarse cómodamente.
En el jardín hay muchas tías, hay tías que están en la puerta del jardín, saludando a todos los niños que llegan, otras que están en la cocina preparando las ricas colaciones, otras que dejan todo limpio para poder tirarse a jugar al suelo, y están las tías que juegan y le enseñan cosas en la sala.
Al niño le gusta el jardín.
Un día, estaba en el jardín aprendiendo palabras en inglés con la miss, y de repente se abre la puerta, entra una señora adulta que lleva de la mano una niña muy linda que tiene cara de pena.
La niña mira a todos lados, no quiere entrar porque no conoce a esos niños. Le da susto y no quiere que la mamá se vaya.
El niño la mira un momento y luego la reconoce.
¡Es la amiga ángel con que estaba jugando a la pinta!
La niña empieza a mirar a todos lados y de repente lo ve, se le quita la pena, el susto y se empieza a reír.
¡Amigo!
La niña entra y empiezan a jugar juntos. Luego se hace amiga de los otros niños que están en la sala.
Pasa mucho tiempo, van al jardín casi todos los días, aprenden inglés, los planetas, los días de la semana, hacen yoga, conocen los mapuches y rapa nui, hacen karate, bailan, dibujan letras y números, hacen muchas actividades con las tías, y aprenden juegos muy divertidos.
El niño crece, ya es un poco más grande.
La mamá le dice:
-El otro año vas a ir a un lugar que se llama “colegio”. Es como un jardín, pero más grande.
-¿Y me va a gustar? -Pregunta el niño.
-Yo creo que sí, va a haber muchos niños, con más tías, y ¡vas a aprender cosas de niños grandes!
-¡Yupi! ¡Me gusta aprender cosas de niños grandes!
Entonces, en el jardín, hacen una fiesta de despedida para todos los niños que comenzarán a ir a un nuevo colegio, con jugos y pancitos y otras cosas ricas para comer.
Pero los adultos también crecen un poco, aunque se nota menos porque ya son grandes. Y los adultos a veces también se tienen que ir. Uno de esos adultos es una de las tías del jardín, que tiene que viajar a un lugar muy lejos con su familia. Ella también es un ángel que hace mucho tiempo se transformó en tía para acompañar y jugar con los niños.
Después de llenarse la panza en la fiesta se van todos a sus casas, esperando que llegue el día en que conocerán el nuevo colegio.



25 de septiembre de 2016

Amor de café


Intento concentrarme para saber qué ocurrirá, cómo cerraré este capítulo del libro que llevo escribiendo hace algunas semanas, no es gran cosa, pero la trama está interesante y ha dado unos giros que ni yo me imaginaba.
Ya sé que este personaje no debe morir, pero no quedaría mal dejarlo con algunas secuelas que pueda aprovechar más adelante, bajo la tapa del portátil, hago señas al mozo de que me traiga otro café, lo necesito pues no pienso dejar de escribir hasta terminar este capítulo. Mientras, intento distraerme un poco, alejar mi mente de la historia mirando las personas a mi alrededor, imaginándome su vida y situaciones personales: una pareja conversa animadamente, tomados de la mano, anillos en los dedos, sin duda están casados y parece que desde hace un tiempo, a ella le brillan los ojos, los de él tienen una mezcla de asombro y alegría; fácil, ella le ha dicho que está embarazada; a mi derecha veo a otra pareja, conversando sin tanto ánimo pero de todas maneras interesados uno en el otro, la rutina los tomó por sorpresa en su relación, aunque por las miradas que se dan el amor sigue presente; un poco mas allá un señor solitario hojea distraídamente el diario mientras toma su café, sin duda está pensativo más de lo normal, ya veo, tiene la sección de empleo, seguramente quedó sin trabajo, su esposa no lo sabe porque él diariamente sale de su casa a tomar café e intentar encontrar algo; me giro y veo una joven, bastante atractiva, escote provocativo, falda corta que deja ver unas piernas estilizadas, no lleva anillo pero en estos tiempos eso no quiere decir gran cosa, tiene un libro en sus manos que lee ávidamente, se acomoda los lentes y pasa la página, sin duda es una mujer que llama la atención donde quiera que vaya; en otra mesa una mujer con una adolescente de uniforme escolar, seguramente su hija, a la que retiró del colegio para tener una de esas conversaciones de mujer a mujer, la jovencita revuelve el helado con la cuchara distraídamente y tiene aspecto de querer esconderse de todo el mundo, no es una reprimenda porque la mamá no está enojada, sus ojos delatan complicidad y algo de inquietud, quizás por no saber bien cómo enfrentar el tema.
Miro nuevamente a la joven del libro, pasa otra página, levanta su taza de café y la mira detenidamente, como queriendo encontrar el aspecto clave que le ayudará a desentrañar el secreto del libro, el nombre del asesino o quién será la próxima víctima, lo acerca a su rostro, a su nariz, cerrando sus ojos lo huele profundamente, su rostro se relaja, en sus labios asoma una sonrisa, en ese momento, sólo en ese momento, quedo completamente enamorado de ella.


8 de mayo de 2016

Avioncito mensajero



Me encontraba con la mente perdida, divagando entre las nubes con forma de ovejas y elefantes, cuando de pronto veo pasar un avioncito de papel, de esos que yo hacía no hace mucho, lo sigo con la mirada y veo que hace varias piruetas antes de girar y volver por donde había venido, me doy media vuelta y veo que sigue volando, pasa frente a otras dos casas, se detiene en el aire, gira a un lado y al otro como queriendo decidir por dónde continuar su viaje; de improviso da una triple voltereta invertida para entrar directamente por la ventana del segundo piso de una casa verde con reja amarilla, de esas rejas que tienen fierros y tapadas con maderas, que casi no dejan ver hacia el interior.
Lo único que me sorprende es que nunca me había fijado en el tremendo árbol que había en el jardín de esa casa, quizá porque los dibujos de dinosaurio en la reja distraen la atención de lo que está tras ella. Quizá simplemente el árbol apareció de la nada, igual que el avioncito.
Intento recordar quién vive en esa casa, y lo único que viene a mi mente es una niña de trenzas que conocí cuando chico, aunque debe ser porque el color de su pelo se parece al de la reja.
Cuando me acerco a la casa para ver quién había lanzado o recibido el avioncito de papel veo de nuevo los dibujos de dinosaurio, que extrañamente están tomando el té, claro, uno nunca se imagina que los dinosaurios toman el té, pero tampoco se imagina que pueden estar discutiendo por quién se comerá el último trozo de pastel que queda en la mesa, que también está dibujada. Intento preguntarles el nombre de las personas que viven en la casa, me miran, me ven de arriba abajo como si quisieran saber quién soy o de dónde salí, me dicen que no los moleste, que están en una situación delicada que debe resolverse prontamente. Uno no quiere que un dinosaurio se enoje con uno, menos va a querer que dos de ellos se enojen, así que les pido disculpas y me alejo lentamente.
Como no quiero quedar con la duda, doy la vuelta completa a la manzana, que es bastante grande, imagino que es porque los dinosaurios necesitan mucho espacio para poder hacer lo que sea que hagan los dinosaurios en su tiempo libre. Al llegar nuevamente frente a la casa veo que los dinosaurios dibujados ahora están durmiendo la siesta, y como no quiero despertarlos me acerco de puntillas lentamente, como las bailarinas de ballet. Me asomo por una rendija en la reja y veo la casa verde, tiene una puerta marrón con dos ventanas pequeñas, una a cada lado, un foco de esos que se prenden automáticamente cuando está oscuro, unas pequeñas flores dibujadas en la pared de la casa que se mueven con el viento, el imponente árbol justo en medio del jardín, donde en su tronco el dibujo de un gato va escalando penosamente, en otras palabras: nada fuera de lo común, excepto por el avioncito de papel.
Susurro un “¡Hola!” que apenas yo mismo escucho porque no quiero despertar a los dinosaurios; como nadie se asoma por las ventanas o la puerta decido que debo entrar, esto del misterio del avioncito de papel ya se está transformando en una obsesión. Me acerco a la puerta de la reja, empujo y se abre lentamente, menos mal que está bien aceitada y no suena. Entro en el jardín, el dibujo del gato descansa tranquilamente en una de sus ramas, avanzo unos pasos y el gato me sigue con esa mirada tan felina que tienen los gatos; creo que el único tipo de gato que no tiene mirada felina es el pez gato, ése tiene una mirada más de pez. Avanzo otro par de pasos y las flores se detienen aunque sigue corriendo algo de brisa, como no quiero que se asusten me tapo la cara con las manos, como hacen los niños pequeños cuando quieren esconderse, y parece que resulta porque separo un poco los dedos y veo que ya se mueven de nuevo, eso me da confianza para seguir a paso firme hacia la puerta.
Ya frente a la puerta busco el timbre pero no hay, tampoco hay aldaba o campana, ni siquiera un loro que anuncie la llegada de los visitantes, como se estila en estos tiempos, pero como cada quien tiene sus gustos me veo obligado a usar lo menos común: golpear la puerta con los nudillos; por supuesto tiene que ser la izquierda, porque me acuerdo claramente que golpear con la mano derecha da mala suerte, y no quiero que mi mala suerte comience con dos dinosaurios cerca.
Luego de golpear la puerta siento unos pasos dentro de la casa, retrocedo un paso, sólo para estar seguro, y al abrirse la puerta veo un señor de cabeza, es decir, caminando sobre el techo, pienso que ésto sí que es algo extraño, no es algo que se haga en esta época del año, pero sin embargo este señor se ve de lo más natural en esa posición. Me dice unas palabras que en principio no entiendo, luego me acuerdo que como está de cabeza las palabras también le salen al revés, intento concentrarme para desordenar en mi cabeza lo que dijo el señor, lo miro y veo que su rostro refleja impaciencia, como esperando la respuesta a lo que sea que me haya dicho, estando en esto el señor da un salto con un giro de media vuelta y queda parado normalmente frente a mi, con los pies en el suelo y la cara unos cuantos centímetros sobre la mía.
El señor repite las preguntas “¿es que acaso no sabes la hora que es? ¿qué quieres?”, ahora que entiendo perfectamente lo que dice, sin embargo me sorprende que me pregunte la hora, porque son las dos y media de la tarde y no veo inconveniente, ya pasó la hora de almuerzo y todavía no es la de la siesta, luego me doy cuenta que si estaba al revés dentro en su casa seguramente son las dos y media de la noche, le explico y pido disculpas por mi confusión, pero que sólo quería saber qué había sido de ese avioncito de papel que entró por la ventana superior hace un rato atrás.
Me mira extrañado, abre los ojos, los cierra un poco y me parece que tiene cara de sospechar algo, me responde que seguramente es de su hijo, hace poco le regaló un kit especial de aviones de papel modelo KWS-42, ultimo modelo, y me invita a pasar. Pienso que me puedo meter en un lío si entro, pero recuerdo que siempre nos enseñan en el colegio que las personas que caminan por el techo en horarios poco comunes son de fiar, y con esto como escudo entro en la casa. Lo bueno es que el señor lo hace caminando normalmente, es decir, sobre el piso, por el contrario, si él hubiese entrado caminando por el techo, por buena educación yo debería hacer lo mismo; a mi me gusta caminar por el techo, sin embargo siempre que lo hago tengo que sacarme el gorro para que no se me caiga, ya he perdido unos cuantos por olvidar hacerlo.
Cuando el señor me pregunta si quiero subir a jugar con su hijo le respondo inmediatamente que sí, no faltaba más. Me señala las escaleras con un dedo como indicación del camino que debo seguir; al girar hacia ellas el señor inmediatamente da un salto igual que el anterior, pero para atrás, queda parado en el techo y se va caminando perezosamente.
Mientras subo las escaleras veo en las paredes varias fotos, todas de niños jugando con aviones de papel, se ve que son una familia amante de los aviones de papel. Incluso tienen uno de ellos enmarcado en un marco dorado, un avión desdoblado pero que sigue conservando la marca de los pliegues, sin duda un ejemplar de colección.
Cuando me faltan dos peldaños para llegar al piso superior pasa raudo sobre mi cabeza un avioncito de papel llevando amarrado tras de sí algo que parece un pequeño recipiente, también de papel; el avión gira a la derecha y desaparece de mi vista, sin duda lleva prisa. Subo los dos últimos peldaños de un salto y trato de orientarme para saber si debo ir a la izquierda, al frente o a la derecha, miro a todos lados y un ruido llega desde mi izquierda, avanzo un par de pasos en esa dirección cuando escucho un sonido “cuic, cuic”, ¡claro!, todo niño aficionado a los avioncitos de papel tiene el piso adornado con sonidos de patitos de hule. Un niño se asoma por la segunda puerta del pasillo, me hace señas para que vaya rápido, corro hacia él porque también me han enseñado que no se debe hacer esperar a quien te llama con tanta urgencia, los “cuic, cuic” retumban por todo el pasillo.
Al entrar a la habitación del niño lo primero que me llama la atención es la cantidad de aviones de papel volando casi a ras del techo, en perfecta armonía y sin chocar, de diversos colores, tamaños y formas, girando de un lado a otro. El niño me mira, ve mi sonrisa y él también sonríe ampliamente y deja ver su dentadura blanquecina con un agujero donde debía ir uno de ellos, parece haberlo perdido hace poco porque no se ve que haya algún otro saliendo en su reemplazo. El ratoncito de los aviones debe haberle dejado una buena propina a cambio de ese diente. Esto me hace recordar la cantidad de ratoncitos que existen, al menos en el mundo conocido, porque antes estaba sólo el ratoncito de los dientes, que dejaba monedas a cambio de los dientes; pero como había muchos ratoncitos dispuestos a hacer regalos a cambio de dientes comenzaron a surgir el ratoncito de las pinturas, el de los lápices, el de los papeles de colores, el de las figuras para armar, etc. Seguramente a este niño le correspondía el de los lápices de colores, por la cantidad de dibujos que tenían los avioncitos que vuelan en este momento, son muchísimos y se mueven de un lado a otro, dando giros inesperados y volteretas, tanto que contarlos es imposible.
El niño me hace una seña apuntando a un avioncito de papel de gran tamaño que está justo a su izquierda, al verlo mi asombro es enorme, debe ser el rey de los avioncitos de papel, los que yo conocía de tamaño XXL son minúsculos al lado de éste, si se quisiera fácilmente podrían entrar dos niños tamaño regular y volar sobre él. El niño me mira, hace un último doblez meticulosamente en el papel de este gran avión y me invita a subir a él. Recuerdo que la primera vez que me subí a un avión de papel fue en un sueño, el avión era casi tan grande como éste, y volaba suavemente por las colinas de arena celeste que está cerca de la casa de mi tía Jacinta, pero éste es de verdad, no es un sueño. Miro al niño e insiste en que suba con él; mientras lo hago dibuja un botón rojo en el panel de controles del avioncito y al presionarlo se abren totalmente las ventanas de la habitación que dan hacia la calle. Mientras veo cómo las ventanas se abre el niño ha terminado de dibujar otros botones y palancas en el panel de controles. Me guiña un ojo, mueve una de las palancas, el avioncito se eleva y salimos suavemente por la ventana.


18 de marzo de 2016

Encuentro literario


Nunca imaginé que la conocería de esta forma, en un lugar tan inesperado como la estación del metro, esperando la llegada del tren. Era un día como cualquier otro, todo dentro de la rutina diaria, nada lo hacía parecer un día especial. Estaba yo distraído imaginando que había espacio suficiente para poder subirme, la poca gente en el andén me daba esperanzas.
Al llegar el tren me movía de izquierda a derecha intentando adivinar donde quedaría finalmente la puerta. Al detenerse el tren, levanté la vista y vi un cuerpo de mujer con rostro de libro, es decir, con el libro a la altura del rostro, sólo se alcanzaban a ver sus ojos. Miré con detenimiento y reconocí de inmediato la portada, levanté mi mano, miré el libro que llevaba y ¡era el mismo! La miro nuevamente, ella quita la vista del libro para mirar distraídamente hacia adelante, y como estoy justo frente a ella me mira directamente a los ojos, luego baja la vista hasta el libro en mi mano, sube la vista y nuevamente nuestras miradas se cruzan, sus ojos sonríen y vuelven a la lectura. No doy crédito a esta situación irreal, dos desconocidos unidos por un libro, casi alcanza para escribir sobre esto.
Ella levanta la vista nuevamente y me mira, sus ojos no han dejado de sonreír, las personas suben y bajan cómodamente, hay espacio suficiente para todos pero yo me quedo petrificado por esos ojos, esa sonrisa en la mirada. Ella mientras tanto piensa que debe verse como una odalisca a la que sólo se le ven los ojos tras el velo, en este caso de papel; eso le da una idea para su próxima fiesta de cumpleaños el mes que viene. Suena un silbido que mi mente descarta, no pongo atención más que a esos ojos sonrientes, que desaparecen momentáneamente cuando la puerta se cierra, pero que aparecen nuevamente tras el vidrio de la puerta. Su vista está ahora en el libro, sigue sonriendo, el tren comienza a moverse, la gente pasa a mi alrededor y cuando una persona me roza con la suficiente fuerza como para hacerme despertar de este sueño, me doy cuenta que no es un sueño, es real, veo el tren que se aleja lentamente, veo su ojos sonrientes alejarse, ella levanta la vista, me ve y comienza a bajar el libro, una sonrisa se dibuja automáticamente en mis labios, logro mover los músculos de una pierna para comenzar a caminar hacia ella en el instante en que desaparece en el túnel. Me quedo solo en el andén, con el libro en la mano. Ahora sí alcanza para escribir sobre esto.


26 de febrero de 2016

La confusión del final


Es de noche, no veo luces pero la visibilidad es relativamente buena a pesar de no poder distinguir ciertos detalles, estoy a unos tres metros de una vía de tren donde pareciera haber ocurrido un accidente, miro a mi alrededor y veo muchas personas pero no hay tren alguno, al parecer todos estamos desorientados, queriendo saber qué pasa. Tampoco se ven balizas de ambulancias o bomberos, ni se oyen sirenas, gritos o llantos; sólo murmullos, por alguna razón todos estamos tranquilos.
Estoy de rodillas sentado sobre mis pies, no siento dolor, no tengo frío, estoy vivo y al parecer intacto. Comienzo a mirar a mi alrededor de izquierda a derecha para tener una imagen general de la situación. A mi izquierda, a unos 15 metros veo una pared ¿el final de la vía? posiblemente, pero no hay tren ni se aprecia daño de algún impacto en esa pared. Allí veo a mi prima en cuclillas mirando desorientada a todos lados, está ilesa e incluso sigue con sus lentes puestos, hay personas en el suelo en torno suyo, víctimas del accidente, de alguna manera sé que están todos muertos. Mi vista gira un poco a la derecha donde distingo una sombra, un infante de unos dos años, es mi hijo, no llora, no está asustado, pero mira a hacia todos lados también desorientado. Sigo girando la vista y casi frente a mi hay una señora ya mayor, ha fallecido, está en el suelo cubierta hasta el pecho con lo que parecen ser frazadas, ella es mi tía, madre de la prima que está hacia mi izquierda. A su derecha se ven más cuerpos en el suelo, también cubiertos, también fallecidos.
A mi lado, por el rabillo del ojo derecho veo sombras de personas, están murmurando, queriendo entender qué ha pasado pero nadie lo sabe. Algunas personas deambulan más allá de mi tía y mi prima, observando tranquilamente a los que están muertos en el suelo, como si el verlos pudiera dar una explicación a esta extraña situación.
De pronto en frente mio aparece un señor mayor, con lentes y bigotes, usa algo como uniforme, pantalón oscuro y camisa blanca con algunas insignias, me da la impresión de que es el encargado de las vías del tren. Comienza a dar órdenes pero en principio no logro entender, tampoco está asustado o gritando. Poco a poco se aclara su voz, el señor nos dice que no nos podemos ir porque alguien no lo ha autorizado, dice que entiende que queramos estar fuera de ese lugar pero aún no es posible, las personas a mi alrededor se alteran un poco y le dicen que deben dejarnos ir, que no podemos estar más tiempo aquí, algo pasa que debemos salir rápidamente “¿se avecina algo más?”, pienso. De pronto cruza por mi mente que quizás estamos bajo alguna especie de ataque, alguna guerra, pero mi mente desecha la idea casi instantáneamente. No digo nada aunque descubro esa extraña sensación en el estómago de que es apremiante que salgamos de aquí.
Nuevamente miro a mi izquierda y veo que mi prima ha fallecido, no siento tristeza, la calma total se mantiene en el ambiente. A la persona que está a su lado le pido que le cruce los brazos sobre el pecho, le haga una seña en la frente y diga una frase que sale de mis labios, pidiendo por ¿su alma?, no lo se, no recuerdo qué dije, pero la persona lo hace, pido a todos los que están cerca de mi prima que lo hagan, mientras yo sigo en el lugar donde estoy, no porque no pueda moverme, sino porque no quiero hacerlo aún, estoy esperando saber qué ocurre. De pronto, mientras las personas pasan una a una diciendo esas palabras a mi prima ella se mueve; como si estuviera simplemente durmiendo se gira y queda acostada boca abajo aunque la cabeza vuelta mirando hacia un lado como para poder respirar, le digo a las personas que es normal que una persona fallecida se mueva, que es su cuerpo respondiendo a señales eléctricas aún, todos entienden y siguen en procesión en esa especie de despedida, haciendo la seña y diciendo la frase encomendada.
Debido al fallecimiento de mi prima el señor encargado ha accedido y autoriza él mismo que la gente se retire, sin esperar a alguien con mas rango, varias personas le agradecen pero tengo la sensación de que muchos en el fondo no quieren irse, al igual que yo.

Ya ha amanecido, o eso creo, hay luz de día aunque esa especie de bruma se mantiene en el ambiente, y la sensación de estar escuchando murmullos también. Muchas de las personas ya no están, y las que quedan están yendo de un lado a otro ocupadas en sus asuntos. Se han llevado a mi tía, y al resto de los fallecidos que estaban tapados con esas frazadas.
A unos veinte metros veo pasar una adolescente, es mi hija que camina rápidamente desde mi izquierda hacia mi derecha, cubriendo su rostro con una mano como cuando alguien no quiere que le vean, o quizá es que ella no nos quiere ver; se aleja del lugar sin mirarme, sin mirar a nadie, la vista centrada en su camino. A un metro, a mis pies, está el bebé, mi hijo, me doy cuenta que también ha fallecido pero él parece no saberlo y llora de rabia e impotencia por no poder moverse, lo miro con detención y sólo veo la parte superior de su cuerpo, desde la cintura hacia arriba, como si la mitad inferior estuviese enterrada en la tierra, frente a él, a unos cinco metros está mi prima, la fallecida, también enojada por no poder moverse. Unas pocas personas a mi alrededor se dan cuenta pero no se asustan, más bien se compadecen de la situación de ambos. Se acerca a mi prima otra joven, que no distingo bien, para convencerla de que tiene que irse al igual que su madre, yo me centro en mi hijo, me agacho y le muestro a mi prima, le digo que él tiene que irse igual que mi prima, él la mira y en su rostro veo que cambia alternadamente la comprensión y la rabia. Mi prima logra entender, con mirada aún algo desorientada se levanta, comienza a alejarse hacia mi izquierda como si ahora supiera dónde debe ir; sale de mi rango de visión porque ahora me centro nuevamente en mi hijo, que está un poco más calmado pero sigue con momentos de rabia y frustración. Lo tomo en brazos, me mira con una furia que nunca había visto en ser humano alguno, tanto que me da miedo decirle algo, pero luego su rostro se muestra calmado y apacible, cambiando nuevamente luego de unos segundos a ese enojo intenso. Sigo intentando calmarlo, lo abrazo, se apoya en mi hombro y comienza a tranquilizarse lenta y definitivamente. Comienzo a caminar hacia mi derecha, hacia donde ha ido mi hija, al llegar a la esquina veo que ha girado por la calle hacia la derecha, sigue caminando apresuradamente y tapando su rostro. Mi hijo sin verla se da cuenta y también comienza a irse, a desaparecer de mis brazos.


2 de febrero de 2016

Te d-escribo

Escribo para ti, para alegrarme con tu sonrisa, para escuchar cuando lees en silencio estas palabras que salen de mis dedos, dedos que se mueven al ritmo del viento que mece tus cabellos, cabellos que enmarcan tu rostro, ese rostro que cambia ante cada situación línea tras línea, tras cada beso de esta historia romántica en que apareces tú reflejada, sin saberlo, sin reconocerte, sin darte cuenta que eres mi inspiración, que tras cada verso va tu nombre, tras cada párrafo van tus labios, tras cada signo van tus ojos, esperando que con ellos me veas escribiéndote.


* Relato Te d-escribo adaptado para Santiago en 100 palabras.

1 de febrero de 2016

Te d-escribo

Escribo, escribo para ti, para alegrarme con su sonrisa, para escuchar cuando lees en silencio estas palabras que salen de mis dedos, dedos que se mueven al ritmo del viento que mece tus cabellos, cabellos que enmarcan tu rostro, ese rostro que cambia ante cada situación que pasa línea tras línea y beso tras beso de esta historia romántica en que apareces tú reflejada, sin saberlo, sin reconocerte, sin darte cuenta que eres mi inspiración, que detrás de cada verso va tu nombre, detrás de cada párrafo van tus ojos, detrás de cada coma van tus cabellos.
Y yo sigo escribiéndote, hablándote en silencio, sigo escuchando la ciudad que se mueve al ritmo de tu risa. Escucho las melodías que los autos te dedican en cada vuelta de esquina, las bicicletas avanzan lentamente acompañando tus suspiros inspirados en ¿mi? Cómo quisiera poder soñar que son por mi, pero no me lo permito, ya mis dedos no pueden hacer otra cosa que d-escribirte, mis ojos no hacen más que verte en cada letra, mi corazón no hace más que esperar que el siguiente punto no sea el final.


Nuevo estado civil


¿A quién no le gusta la música? El ser humano es uno de los seres vivientes que pueden producir música, entre algunas clases de aves, ballenas, delfines, grillos, langostas, etc. Sin embargo los animales la producen para atraer a su pareja para el apareamiento, el ser humano lo hace por placer, creando ritmos y compases, creando instrumentos y complejas maquinarias específicamente con este fin. Los acordes provocan sensaciones de diverso tipo, dependiendo de la intención de su creador. Esto se aplica también a los animales, como se comprobó en el experimento del Zoológico del Bronx, donde los orangutanes parecían responder con agrado a la música de Caruso, incluso con algunas melodías movieron su cuerpo siguiendo el swing, al contrario de otros animales como coyotes y lobos que se mostraron asustados o intranquilos con esa misma música. En los seres humanos las sensaciones que la música produce varían desde la paz y tranquilidad hasta la euforia, pasando por alegría, pena, inquietud, optimismo, etc.

Esto se logra por un lado con la mezcla adecuada de ritmos y tonos; por lo general tonos más bajos producen sentimientos como melancolía y tristeza, y por el contrario tonos más agudos provocan sensaciones de alegría o euforia; quizás por eso Adele utiliza los tonos que científicamente son los precisos para evocar sentimientos de tristeza y soledad en el ser humano, algo que aprovecha muy bien en la canción Hello, sumado a las sombras y colores oscuros del videoclip logran de manera perfecta transmitir y reflejar su pérdida en quien ve y escucha la canción; ello le ha valido récords en ventas y en reproducciones de su canción alrededor del mundo. Queda demostrado entonces que el estado emocional de los sujetos cambia en función de la emoción que las voces reflejan.

Como vimos en el ejemplo, el mensaje que se transmite en las canciones cuentan algún tipo de historia o situación, generalmente de tipo sentimental, dentro de los que destaca el amor; y si ponemos atención a estas canciones, se podrían dividir en dos grandes situaciones, donde se habla de alguien que encuentra el amor, o de alguien que lo pierde. Éstas canciones nos presentan otro sentimiento de forma tácita: la soledad previa hasta encontrar el amor, o la soledad en que queda quien lo ha perdido. Un ejemplo claro de género musical que habla de pérdida es el Blues, que a principios del siglo pasado nació de boca de los negros traídos desde África al nuevo continente para trabajar en los campos de algodón. Los tonos bajos, tanto de los instrumentos musicales como de la voz, reflejan la pena que sienten por haber dejado a sus familias y amores, aunque intentando levantar un poco el ánimo usando los ritmos acompasados de la música nativa africana. Toda esta cadencia musical y tonal finalmente fue llevada al Rock and Roll, bastante más alegre tanto en ritmo como en las letras de las canciones, pero esto es otro tema. Podríamos explayarnos sobre el amor, pero sería casi como transcribir las canciones de las que hemos hablado para llegar a este punto.

Las historias de amor están presentes desde tiempos inmemoriales no solamente en canciones; conocemos obras antiquísimas como Fedro, de Platón alrededor de 370 aC.; o incluso antes con el poema Himno en honor a Afrodita, de Safo en el siglo V aC; tenemos obras de teatro, poemas, novelas, radionovelas y actualmente las series y películas de televisión y cine; en general todo medio que usamos para expresar historias los hacemos básicamente con situaciones amorosas, adornadas y situadas en paisajes paradisíacos, valiéndose de rayos láser, viajes en el tiempo, escapando de ogros y dragones, atravesando mares o continentes enteros para encontrarnos con el amor de nuestra vida en el Empire State, podríamos seguir con una larga lista pero nos alejaríamos demasiado del tema principal. Mejor nos abocamos al sentimiento antagonista que hemos planteado: la soledad.

La RAE define soledad, entre otras cosas, como “Carencia voluntaria o involuntaria de compañía”; luego define el término acompañar como “Participar en los sentimientos de alguien”. En términos psicológicos, y sin pretender hacer un estudio completo sobre el tema, la soledad se clasifica entre emocional y social; ésta soledad, como se indica en la definición, puede ser deseada o no, debido a las circunstancias que se presenten o no, o que se aprovechen o no. En todo caso, la soledad es subjetiva, no todos se consideran en soledad estando bajo las mismas circunstancias; algunos se sienten solitarios porque sienten que no tienen amigos o pareja, otros porque las relaciones de amistad o incluso amor son superficiales. En términos clínicos suele asociarse la soledad con la depresión, aunque genera discusión sobre cuál de ellas es la causa y cuál el efecto. Sea cual sea el caso, lo que se busca o pretende es una cura, tratamiento o solución para ella, ya que quien la padece no está conforme con las relaciones que ha entablado en algún ámbito de su vida. Debido a ello diversos aspectos de la soledad han sido analizados por los que dicen que la soledad es contraproducente y quienes dicen que no necesariamente lo es, con estudios psicológicos, psicosociales, médicos, etc. de cada bando.

Para aclarar estos conceptos tomemos como ejemplo lo que ocurre en algún viaje en transporte público, donde hay varias personas sentadas o paradas, una al lado de otra, juntas, pero no acompañándose. Recordemos que debe haber cierto nivel de comunicación que no necesariamente es verbal, una mirada o un simple gesto puede comunicar sentimientos. En el ejemplo, cuando vamos en el transporte público no estamos atentos a las personas que están a nuestro lado o enfrente, vamos absortos en nuestros propios asuntos; nos negamos a compartir un inocente y nada peligroso saludo matutino a alguien que seguramente no volveremos a ver, tememos invadir la soledad de otros y que al mismo tiempo se haga visible la propia; la consideramos tan íntima, tan impenetrable que no queremos saber de ella, la ocultamos de diversas formas, en el caso del transporte público, en forma de celular, libro o música en los auriculares.

Estamos, querámoslo o no, constantemente junto a personas, ya sea en forma de parientes, compañeros de trabajo, amistades, conocidos o desconocidos. Con ellos podemos compartir nuestros logros, nuestras actividades, pero pocas veces nuestros sentimientos, esto propicia la soledad.

La soledad la manifestamos o expresamos de otras formas, escuchando canciones que hablan de ella, leyendo libros o viendo películas que relatan historias de protagonistas solitarios, que cuando conocen su alma gemela viven felices comiendo perdices, aunque no sin antes haber vivido y pasado aventuras y desventuras.

Parafraseando algo que dijo Stephen King en una entrevista: “inventamos soledades ficticias para ayudarnos a soportar las reales”.

Efectivamente, tal como plasmamos nuestros gustos por algo que hacemos, plasmamos nuestros miedos en nuestras creaciones, es así como tenemos obras clásicas como Cien años de soledad, La mujer rota o La tregua; como ejemplo de personajes solitarios y que podríamos identificar de mejor manera tenemos El príncipe feliz, una solitaria estatua caritativa; el atormentado Bruce Wayne, solitario desde su niñez; también tenemos los solitarios de manera temporal debido a variadas circunstancias, como Chuck Noland, que para evitar la soledad entabló una extraña amistad con Wilson; también a Ryan Stone solitaria orbitando la Tierra; y más recientemente -aunque la obra original es de hace bastantes años- se hizo famoso Mark Watney, quien quedó varado en otro planeta. Estas creaciones literarias y cinéfilas nos muestran la soledad desde diversos puntos de vista, cómo nos afectan, y nos dicen que se puede salir adelante, que podemos cenar perdices.

Las historias de la vida real, efectivamente, son distintas, muchas veces se enfrentan mil y una de esas aventuras y desventuras sin encontrar siquiera alguien que podría, quizás, casualmente, en algún momento del futuro lejano, quitarnos, o evitarnos, o alejarnos, de la soledad. A veces encontramos ese alguien, nos casamos, firmamos los papeles respectivos, seguramente vamos a la iglesia que más nos acomoda a recibir una bendición, pero muchas veces termina no siendo el alguien correcto y la historia de soledad empieza de nuevo, siguiendo o no junto a ese alguien. Junto, no acompañado. No hay perdices.

Nos damos cuenta que mucho se habla de la soledad, pero nadie, o muy pocos, quieren reconocerla como propia, como un sentimiento predominante o al menos como parte relevante en su vida actual. La soledad se oculta, es mal vista: algo malo debemos tener para no lograr compañía, para, expresándose con las mismas definiciones, que no haya alguien con quien compartir nuestros más íntimos y profundos sentimientos. Para evitar esa sensación de estar solos frente al mundo, usamos las redes sociales de moda donde mostramos a todo ese mundo, literalmente, cuál fue nuestro almuerzo hoy, esperando conseguir muchos likes o corazones o estrellitas, sentir que alguien nos ve, nos lee, que de un modo u otro le importamos aún sin conocernos, olvidando que ese almuerzo no se hizo en mayor compañía que el garzón que nos lo trajo, si es que había garzón y no era alguien tras el mesón donde nos entregaron la bandeja de comida rápida, esa bandeja que quedó para la posteridad llena de comentarios de nuestros seguidores.

Sin embargo no todo lo relacionado con la soledad es algo malo, de hecho en ocasiones puede ser un gran impulsor de ideas y creaciones en ámbitos no del área de las artes, sino más bien con forma de artilugios que se venden como fórmulas mágicas, aunque más de uno podría, no sin razón, dudar de la efectividad de alguno. Tenemos invenciones como por ejemplo el teléfono -y todos los medios de comunicación de él derivados- para hablar con otras personas mientras estamos lejos de ellas; la cámara frontal del celular, que no necesita mayor explicación; el Tazón Ramen, que tiene un espacio para poner el celular frente a nosotros; y más aún esa chaqueta Like-A-Hug que te da un abrazo cada vez que dan Me gusta a una publicación, seguramente la que tenía la foto del almuerzo.

El mundo moderno, a lo largo de los años, ha podido avanzar aceleradamente dados los conocimientos que se han adquirido en diversos campos de las ciencias, estamos llegando, o quizás ya hemos llegado, al momento en que debemos abocarnos más profundamente al conocimiento humano, de las condiciones que nos hacen humanos, de los sentimientos que nos hacen humanos. Hemos avanzado ya mucho en términos de aceptarnos y respetarnos tal cual somos, tanto que en muchos lugares del mundo se aceptan las preferencias de las personas en todo ámbito, cambiando y extendiendo las definiciones y condiciones de, por ejemplo, las adopciones, permitiéndose que dos personas del mismo sexo adopten, o antes que eso, del matrimonio mismo, incluyendo parejas del mismo sexo; llevando aún más lejos este concepto, hemos visto a Yasmin Eleby que se casó con ella misma porque no llegó el amor de su vida en un plazo que se impuso; o mejor aún, Nadine Schweigert se casó consigo misma porque se dio cuenta de que podía ser feliz en su soledad, que no necesitaba de otras personas; y ya que estamos, por qué no mencionar a Liu Ye, que se casó con una foto de sí mismo de cuerpo completo, en tamaño natural y vestido de mujer. Éstas personas comen perdices en mesa para uno.

Habemos los que comemos en mesa para uno mientras se turnan las canciones de Adele y B.B. King; no me he casado conmigo mismo, si eso es lo que imaginas, estoy casado con una mujer, de la forma tradicional, incluyendo una argolla que fue bendecida en la iglesia de la esquina hace ya un tiempo, donde estuvo presente El Danubio azul de Strauss seguido de El galeón español de La sonora Palacios. La rutina dirán unos, los hijos dirán otros, falta de comunicación dirán otros tantos, puede ser una suma de éstas y otras cosas, yo no sé si esas serán las causas o las consecuencias de la soledad aún estando casado; como dije, no pretendo entrar en discusiones psicológicas, tampoco filosóficas. Las perdices salieron volando apenas nos sentamos, juntos, a la mesa, cuando los primeros acordes de la melodía del amor eterno comenzaron a escucharse poco a poco más lejos. Pasaron los días, meses, años, y en la radio suenan canciones, al menos a las que pongo atención, cada vez más tristes, lentas, incluso lúgubres.

Entre todo el pasar de la existencia, aparece una melodía alegre y acompasada, vivaz, llena de colores y con una suavidad de terciopelo ¿será que de pronto me volví sinestésico? Colores que se transforman en una luz, la luz de un fuego que enciende mi interior y comienza a cocinar mi corazón con la llama de la pasión. Esta mujer -si, es una mujer- aparece repentinamente como un recuerdo de época escolar al escuchar una canción ochentera hablando del amor encontrado. Se desestabiliza mi vida, mi rutina, se despiertan mis sentidos. Los encuentros son fugaces, furtivos, dulces, apasionados, llenos de música alegre y veloz, casi tan veloz como la ropa que vuela por los aires en algunos de esos encuentros; las cenas son acompañado, una melodiosa compañía, la mesa está servida para dos aunque las perdices de los platos no irán a las redes sociales.

Luego de unos cuantos encuentros se revelan las complicaciones, se pierde la armonía, comienzan las exigencias, las intenciones de esclarecer las circunstancias que entorpecen de una forma u otra esta relación, y culmina con la infaltable lista de preguntas capciosas que intentan arrancar una respuesta comprometedora acerca del futuro. No tengo intenciones de cumplir los requisitos de una lista, mis intenciones... no sé cuales son, pero ciertamente no quiero que esta agradable música se transforme en armonías melancólicas ni menos en ruidos estridentes, que de ambas ya tengo bastante en mi vida. Quizás en el fondo soy como los jazzistas, que al improvisar un triste solo de piano lo hacen desde la región mesencefálica profunda del cerebro, conocida como sustancia negra, que es la encargada de los mecanismos de recompensas, generando un gran placer. Paradójico que al ser humano le cause placer un sentimiento triste. Ante esto me niego a darle falsas esperanzas, que por cierto nunca he dado, mi mente pone los paños fríos y sofoca esa llama, saco mi corazón de ese caldero antes de que sea demasiado tarde. Corto toda comunicación, ya no le doy like a sus fotografías diarias del almuerzo, ya no existen las melodías alegres de los encuentros. Vuelvo a mi vida en soledad, junto a mi esposa, a la rutina del intercambio de palabras trivial y obligatorio. B.B. King se acaba, empieza John Lee Hooker. Para mi, para nosotros, debiera existir un nuevo estado civil: Juntos.