18 de marzo de 2016

Encuentro literario


Nunca imaginé que la conocería de esta forma, en un lugar tan inesperado como la estación del metro, esperando la llegada del tren. Era un día como cualquier otro, todo dentro de la rutina diaria, nada lo hacía parecer un día especial. Estaba yo distraído imaginando que había espacio suficiente para poder subirme, la poca gente en el andén me daba esperanzas.
Al llegar el tren me movía de izquierda a derecha intentando adivinar donde quedaría finalmente la puerta. Al detenerse el tren, levanté la vista y vi un cuerpo de mujer con rostro de libro, es decir, con el libro a la altura del rostro, sólo se alcanzaban a ver sus ojos. Miré con detenimiento y reconocí de inmediato la portada, levanté mi mano, miré el libro que llevaba y ¡era el mismo! La miro nuevamente, ella quita la vista del libro para mirar distraídamente hacia adelante, y como estoy justo frente a ella me mira directamente a los ojos, luego baja la vista hasta el libro en mi mano, sube la vista y nuevamente nuestras miradas se cruzan, sus ojos sonríen y vuelven a la lectura. No doy crédito a esta situación irreal, dos desconocidos unidos por un libro, casi alcanza para escribir sobre esto.
Ella levanta la vista nuevamente y me mira, sus ojos no han dejado de sonreír, las personas suben y bajan cómodamente, hay espacio suficiente para todos pero yo me quedo petrificado por esos ojos, esa sonrisa en la mirada. Ella mientras tanto piensa que debe verse como una odalisca a la que sólo se le ven los ojos tras el velo, en este caso de papel; eso le da una idea para su próxima fiesta de cumpleaños el mes que viene. Suena un silbido que mi mente descarta, no pongo atención más que a esos ojos sonrientes, que desaparecen momentáneamente cuando la puerta se cierra, pero que aparecen nuevamente tras el vidrio de la puerta. Su vista está ahora en el libro, sigue sonriendo, el tren comienza a moverse, la gente pasa a mi alrededor y cuando una persona me roza con la suficiente fuerza como para hacerme despertar de este sueño, me doy cuenta que no es un sueño, es real, veo el tren que se aleja lentamente, veo su ojos sonrientes alejarse, ella levanta la vista, me ve y comienza a bajar el libro, una sonrisa se dibuja automáticamente en mis labios, logro mover los músculos de una pierna para comenzar a caminar hacia ella en el instante en que desaparece en el túnel. Me quedo solo en el andén, con el libro en la mano. Ahora sí alcanza para escribir sobre esto.


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