26 de febrero de 2016

La confusión del final


Es de noche, no veo luces pero la visibilidad es relativamente buena a pesar de no poder distinguir ciertos detalles, estoy a unos tres metros de una vía de tren donde pareciera haber ocurrido un accidente, miro a mi alrededor y veo muchas personas pero no hay tren alguno, al parecer todos estamos desorientados, queriendo saber qué pasa. Tampoco se ven balizas de ambulancias o bomberos, ni se oyen sirenas, gritos o llantos; sólo murmullos, por alguna razón todos estamos tranquilos.
Estoy de rodillas sentado sobre mis pies, no siento dolor, no tengo frío, estoy vivo y al parecer intacto. Comienzo a mirar a mi alrededor de izquierda a derecha para tener una imagen general de la situación. A mi izquierda, a unos 15 metros veo una pared ¿el final de la vía? posiblemente, pero no hay tren ni se aprecia daño de algún impacto en esa pared. Allí veo a mi prima en cuclillas mirando desorientada a todos lados, está ilesa e incluso sigue con sus lentes puestos, hay personas en el suelo en torno suyo, víctimas del accidente, de alguna manera sé que están todos muertos. Mi vista gira un poco a la derecha donde distingo una sombra, un infante de unos dos años, es mi hijo, no llora, no está asustado, pero mira a hacia todos lados también desorientado. Sigo girando la vista y casi frente a mi hay una señora ya mayor, ha fallecido, está en el suelo cubierta hasta el pecho con lo que parecen ser frazadas, ella es mi tía, madre de la prima que está hacia mi izquierda. A su derecha se ven más cuerpos en el suelo, también cubiertos, también fallecidos.
A mi lado, por el rabillo del ojo derecho veo sombras de personas, están murmurando, queriendo entender qué ha pasado pero nadie lo sabe. Algunas personas deambulan más allá de mi tía y mi prima, observando tranquilamente a los que están muertos en el suelo, como si el verlos pudiera dar una explicación a esta extraña situación.
De pronto en frente mio aparece un señor mayor, con lentes y bigotes, usa algo como uniforme, pantalón oscuro y camisa blanca con algunas insignias, me da la impresión de que es el encargado de las vías del tren. Comienza a dar órdenes pero en principio no logro entender, tampoco está asustado o gritando. Poco a poco se aclara su voz, el señor nos dice que no nos podemos ir porque alguien no lo ha autorizado, dice que entiende que queramos estar fuera de ese lugar pero aún no es posible, las personas a mi alrededor se alteran un poco y le dicen que deben dejarnos ir, que no podemos estar más tiempo aquí, algo pasa que debemos salir rápidamente “¿se avecina algo más?”, pienso. De pronto cruza por mi mente que quizás estamos bajo alguna especie de ataque, alguna guerra, pero mi mente desecha la idea casi instantáneamente. No digo nada aunque descubro esa extraña sensación en el estómago de que es apremiante que salgamos de aquí.
Nuevamente miro a mi izquierda y veo que mi prima ha fallecido, no siento tristeza, la calma total se mantiene en el ambiente. A la persona que está a su lado le pido que le cruce los brazos sobre el pecho, le haga una seña en la frente y diga una frase que sale de mis labios, pidiendo por ¿su alma?, no lo se, no recuerdo qué dije, pero la persona lo hace, pido a todos los que están cerca de mi prima que lo hagan, mientras yo sigo en el lugar donde estoy, no porque no pueda moverme, sino porque no quiero hacerlo aún, estoy esperando saber qué ocurre. De pronto, mientras las personas pasan una a una diciendo esas palabras a mi prima ella se mueve; como si estuviera simplemente durmiendo se gira y queda acostada boca abajo aunque la cabeza vuelta mirando hacia un lado como para poder respirar, le digo a las personas que es normal que una persona fallecida se mueva, que es su cuerpo respondiendo a señales eléctricas aún, todos entienden y siguen en procesión en esa especie de despedida, haciendo la seña y diciendo la frase encomendada.
Debido al fallecimiento de mi prima el señor encargado ha accedido y autoriza él mismo que la gente se retire, sin esperar a alguien con mas rango, varias personas le agradecen pero tengo la sensación de que muchos en el fondo no quieren irse, al igual que yo.

Ya ha amanecido, o eso creo, hay luz de día aunque esa especie de bruma se mantiene en el ambiente, y la sensación de estar escuchando murmullos también. Muchas de las personas ya no están, y las que quedan están yendo de un lado a otro ocupadas en sus asuntos. Se han llevado a mi tía, y al resto de los fallecidos que estaban tapados con esas frazadas.
A unos veinte metros veo pasar una adolescente, es mi hija que camina rápidamente desde mi izquierda hacia mi derecha, cubriendo su rostro con una mano como cuando alguien no quiere que le vean, o quizá es que ella no nos quiere ver; se aleja del lugar sin mirarme, sin mirar a nadie, la vista centrada en su camino. A un metro, a mis pies, está el bebé, mi hijo, me doy cuenta que también ha fallecido pero él parece no saberlo y llora de rabia e impotencia por no poder moverse, lo miro con detención y sólo veo la parte superior de su cuerpo, desde la cintura hacia arriba, como si la mitad inferior estuviese enterrada en la tierra, frente a él, a unos cinco metros está mi prima, la fallecida, también enojada por no poder moverse. Unas pocas personas a mi alrededor se dan cuenta pero no se asustan, más bien se compadecen de la situación de ambos. Se acerca a mi prima otra joven, que no distingo bien, para convencerla de que tiene que irse al igual que su madre, yo me centro en mi hijo, me agacho y le muestro a mi prima, le digo que él tiene que irse igual que mi prima, él la mira y en su rostro veo que cambia alternadamente la comprensión y la rabia. Mi prima logra entender, con mirada aún algo desorientada se levanta, comienza a alejarse hacia mi izquierda como si ahora supiera dónde debe ir; sale de mi rango de visión porque ahora me centro nuevamente en mi hijo, que está un poco más calmado pero sigue con momentos de rabia y frustración. Lo tomo en brazos, me mira con una furia que nunca había visto en ser humano alguno, tanto que me da miedo decirle algo, pero luego su rostro se muestra calmado y apacible, cambiando nuevamente luego de unos segundos a ese enojo intenso. Sigo intentando calmarlo, lo abrazo, se apoya en mi hombro y comienza a tranquilizarse lenta y definitivamente. Comienzo a caminar hacia mi derecha, hacia donde ha ido mi hija, al llegar a la esquina veo que ha girado por la calle hacia la derecha, sigue caminando apresuradamente y tapando su rostro. Mi hijo sin verla se da cuenta y también comienza a irse, a desaparecer de mis brazos.


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