11 de octubre de 2015

La obra máxima




Escritorio, lámpara encendida, computador emitiendo un leve zumbido, diez y media de la noche en la oficina.
Sentada mirando la pantalla, el texto de 1643 páginas está listo, es un borrador bastante completo, el mejor que ha hecho en su carrera en años, sólo que no encuentra un nombre adecuado, el procesador de textos se niega a darle una pista, ¿es que no existe una mísera idea rondando por su cabeza? ¿aunque sea minúscula? ¿una palabra?
La clásica historia romántica del estilo príncipe-princesa, con una bruja moderna y todo. Es una idea excelente y el nombre que ideó -La nueva princesa- mientras maduraba la trama en su cabeza se le hacía ahora demasiado simple, una obra escrita de manera tan acabada no puede llevar un nombre tan insulso... pero ella está ahí, frente al computador, enfrascada en cómo titular adecuadamente esta obra.
Piensa en todo el tiempo que ha pasado para poder concretar la idea, consultando amistades, pidiendo opiniones de expertos y de gente sencilla, pasando noches en vela queriendo tener en cuenta todos los puntos de vista para abarcar toda clase de público. “Una historia para grandes y chicos” se dijo desde un principio.
Dejando de lado todo pensamiento poco a poco su mente va quedando en blanco, tal como lo ha hecho otras veces cuando se atasca en una idea, su respiración va siendo cada vez mas lenta y profunda, esperando que las ideas lleguen por sí solas, relajando sus músculos uno a uno. De pronto un ¡Riiiing! la hace saltar y casi caerse de la silla. “¡Maldito celular!”. Contesta y es su editor preguntando cuándo terminará el borrador, ella, exasperada cual Miguel Ángel, le responde “¡Cuando termine!”, y en su arrebato casi se le cae el celular al intentar colgar el llamado mientras lo deja en el escritorio. “Suficiente por hoy”, se dice.
Respira profundamente y toma sus cosas, saca el pequeño y algo rayado espejo que trae en la cartera y se mira rápidamente. “Tal como una princesa”, piensa. Guarda el espejo y saca las llaves del auto, rezando para que esta noche no falle nuevamente. Apaga el computador, la lámpara y la oscuridad la incita a mirar por la ventana el paisaje de edificios descoloridos que le bloquean la vista. “Si esto termina bien podré comprar la mejor oficina de la ciudad”, se dice en voz casi inaudible.
Apenas hace andar el motor decide que llegará a casa a tomarse un bien merecido trago, de esos con aceituna y todo que le encantan. Mientras piensa esto algo hace click en su interior, acaba de encontrar el nombre perfecto para dar el toque final a estos meses de sudor y lágrimas, se siente feliz con la idea, es sencilla, fácil de recordar y pega muy bien con la historia. “Listo, el trago será doble”.
Al día siguiente, ya de vuelta en la oficina, enciende el computador, abre el texto y en la primera página escribe el nombre que pensó la noche anterior. “¡Es perfecto!” se dice sin poder quitar la sonrisa de su rostro. Mientras llama a su editor mira nuevamente la pantalla y más se convence del buen título que ha elegido.
- ¿Aló? Si, soy Pau, tengo listo el borrador, aunque tengo la sensación de que será el definitivo, pasará directo al productor.
- ¡Excelente! -dice una voz entusiasta al otro lado-, mándamelo en cuanto puedas, las conversaciones con los actores ya están avanzadas; la actriz de teatro que te mencioné para el papel principal, Mariana, está entusiasmada con la idea de aventurarse al séptimo arte; las locaciones principales están contratadas y tenemos avanzado lo del vestuario, aunque sabes que todavía falta mucho por hacer.
- Bien, te lo mando por correo ahora, adiós.
Cuelga el teléfono con una sonrisa más amplia aún.

Unos meses más tarde está todo listo para el estreno de la película, la mejor de su carrera. Aunque es una película de bajo presupuesto una alfombra roja la recibe con honores mientras ingresa al cine; actrices, actores, el equipo de producción, todos, hasta el más mínimo operario está invitado. Los corresponsales de los canales de televisión más importantes del país están apostados por todo el edificio, esperan cubrir todos los aspectos de tamaña entrega. Una vez dentro del recinto muchas personas se acercan a felicitarla aún sin haberse proyectado la película, se siente en la cima del mundo.
Toma asiento en uno de los lugares preferenciales, admira cómo el público asistente no deja de dar vueltas y conversar. Ella decide que mejor se quedará sentada, aprovechar el par de horas de que dispone para descansar los pies, que desde hace una semana están matándola de tanto ir de aquí para allá ayudando a afinar los detalles del estreno; luego, en la fiesta de celebración, ya tendrá tiempo para seguir maltratándolos. Desde su asiento escucha a la gente dar sus opiniones sólo en base al único trailer que se preparó, en principio pensó que era una mala idea, pero luego el director dijo que eso crearía más expectativa sobre la película y había tenido razón. Todos hablaban de ella, incluso habían comentarios en otros países en donde esperaban que pronto llegara a sus salas.
Alcanza a divisar a Mariana, su interpretación de princesa es excelente, y aportó muchas ideas brillantes para el personaje. Es una mujer sensacional con una personalidad extraordinaria, hicieron muy buenas migas durante estos meses. La ve conversando alegremente con todo el mundo y está segura que llegará a ser una estrella reconocida mundialmente.
Poco a poco baja la intensidad de las luces, la gente comienza a acomodarse en sus lugares, el silencio va poco a poco inundando la sala, mientras el telón se desplaza lentamente y va dejando al descubierto la gigantesca pantalla que le abrirá las puertas para consolidar su éxito.
La sala ya está iluminada solamente por el resplandor de la pantalla, el público está ansioso esperando el inicio de la proyección, el silencio expectante es tal que cree que todos escuchan los latidos de su desbocado corazón. De pronto una leve música, unos cuantos acordes invitan a los espectadores a poner atención, luego, de las cuatro esquinas de la pantalla comienza a aparecer, desde fuera hacia dentro, el nombre de la película, una única palabra que se mueve al ritmo de la música y finalmente se detiene al centro, la palabra “eMcantada” queda titilando con destellos de colores y adornada de estrellas. Comienza la función.

6 de octubre de 2015

Viaje de una palabra


“¡Rayos! ¡Otra vez!”. Son más de las siete de la tarde y recién está saliendo del trabajo. A esta hora ya no tiene sentido correr al metro, va a estar lleno, pero no puede evitar caminar a paso redoblado. “¡Fila en el torniquete!, ya no puedo mas”. Cierra los ojos, respira hondo, mantiene, cinco segundos, cuatro, tres, dos, uno, bota el aire, abre los ojos y como era de esperarse la gente no ha desaparecido; al menos hay oxígeno en su cerebro, su corazón agradece el gesto disminuyendo la marcha. Avanza al compás de la fila, marca y por una fracción de segundo duda si debe continuar recto o girar. La persona que venía tras ella la roza levemente mientras adelanta por la derecha, la sigue mecánicamente y luego ve que es el camino correcto. Ya en las escaleras atisba la cantidad de gente en el andén y se da cuenta que no son tantas, podría ser peor. Encaja los audífonos en sus orejas, mira la pantalla de su celular y como no tiene ganas de decidir qué escuchar presiona el botón de reproducción aleatoria, dos segundos más tarde una de sus favoritas empieza a sonar, sus labios dibujan una sonrisa.
Deja pasar un tren. Al llegar el siguiente avanza con lentitud, más bien tranquilidad, junto al resto de las personas; la nueva melodía que ya suena le hace mover los labios siguiendo la letra, exhalando palabras sin sonido. Ya dentro se acomoda en un rincón, mira a un lado y luego al otro imaginando algún conocido a quien saludar, o para su mala fortuna algún conocido al que no quisiera saludar, quién sabe.
Comienza la siguiente canción y sus labios se adaptan automáticamente al ritmo. Un señor con suficientes años encima para merecer el asiento reservado, pero también con el suficiente orgullo para saber que aún puede hacer un pequeño viaje de pie la mira, sonríe para sus adentros cuando ve que sus labios y cabeza siguen algún tipo de suave compás.
Si bien la música le gusta decide bajar un poco el volumen, quiere escuchar los avisos del conductor porque no quiere pasar de largo y retrasar -más- su llegada a casa. Levemente, algunas conversaciones se asoman entre acorde y acorde sin prestarles mayor atención. De pronto una palabra de una de esas conversaciones ajenas se cuela entre negras y corcheas, su consciente apenas la ve pasar, pero su inconsciente la recibe con una reverencia. Luego, el inconsciente, para aprovechar la música de fondo, con una seña la invita a bailar la siguiente pieza; entre un compás y otro, como un engendro malévolo, la palabra se multiplica y hace aparecer otras dos para quedar formando una idea, esa idea repentinamente inicia un giro siguiendo el ritmo de la canción a toda velocidad y sin querer sale disparada al consciente. Ella casi ve esas palabras saltar frente a sus ojos, que medio dormidos se abren de improviso. Se mete la mano al bolsillo del abrigo, saca rápidamente su celular, lo enciende y torpemente busca la aplicación para tomar notas. Comienza a escribir sin darse cuenta muchas palabras en un principio alocadas y sin sentido, luego, poco a poco, va ganando velocidad, su mente ya está atiborrada de palabras que necesita plasmar en la pequeña pantalla. Sus dedos no dejan de escribir mientras el señor, que sigue a su lado, la mira embobado; él, que se sentía orgulloso también de poder usar el aparatito para mandar mensajes, ahora, ante esa velocidad, se siente un vejestorio nuevamente mientras mira de reojo el asiento reservado.
Las ideas fluyen casi sin darse cuenta, las personas suben, bajan, pasan a su lado sin notarlas. Toda ella es sinónimos, sustantivos, verbos que salen de sus dedos, cada músculo de su cuerpo está dedicado a tomar las palabras que aparecen en su mente y transformarlas en algo coherente y organizado. La música ha pasado a segundo lugar, sólo sirve de telón a la trama que se prepara tras las letras que se iluminan una tras otra. Las palabras en la pantalla suben y bajan, corrección de una que está mal escrita, una coma perdida, un acento faltante y, entre todo eso, el viento que se introduce a escondidas por las ventanas sin pagar su pasaje le desordena el cabello y de paso le recuerda que debe respirar. El señor a su lado se baja en una estación y se pierde la batalla contra una frase que se resiste a adquirir coherencia, pero que finalmente cae rendida tras ser acribillada por el teclado. Fugazmente levanta la vista, sus ojos intentan enfocarse en lo que hay a su alrededor, lo primero que alcanza a distinguir es el letrero con el nombre de la estación frente a ella “¡Mi estación!”. Antes de dar el primer paso comienza el pitido que anuncia el cierre de puertas. Últimas dos palabras y punto final. Mira nuevamente al frente y mientras con una mano bloquea el celular con la otra acomoda su bolso, cruza la puerta de un brinco en tanto su bufanda se libra por un escaso centímetro de viajar una estación más.


2 de octubre de 2015

Cambio de vida

- ¿Seguro no quieres venir amor?
- Me gustaría pero no puedo, tengo que entregar el informe a primera hora el lunes y no llevo ni la cuarta parte.
- Bueno, cuídate, nos vemos a la vuelta -dice, lanzando un beso al aire, que él responde de manera distraída.
Mochila al hombro cruza el umbral de la puerta sin atreverse a mirar atrás. El sol va camino hacia su cenit y Sandra está segura que apenas salga él llamará a la otra. “Tiene otra mujer”, piensa, nunca había dejado de acompañarla a visitar a su familia; aunque Marcos nunca se lo dijo directamente, ella sabe que su familia le cae bien.
“No sé qué hice mal”, se dice, desde que hace dos o tres semanas, cuando comenzó a ver las típicas actitudes sospechosas que tan bien detallan las revistas: monosílabos al hablar por teléfono, sobresaltarse cuando entras de improviso en la habitación, llegadas tarde a casa con motivos poco creíbles, etcétera.
Ya en el bus -porque no quería ir sola en el auto- miraba distraída el paisaje, escuchando en sus audífonos acordes de una música que parecía lejana, como de ensueño; el libro entre sus manos parecía demasiado extenso para siquiera abrirlo. Su mente pasó buena parte del viaje divagando, ¿qué le diré? ¿le pediré que confiese? ¿debo esperar a tener las pruebas o enfrentarlo antes que pase mas tiempo?
Cuando estaba a pocos kilómetros de la ciudad decide levantar un poco el ánimo, no quiere que su familia la vea en ese estado; a fin de cuentas no ha pasado nada, tiene la esperanza de que sólo sea su imaginación y una que otra coincidencia.
Se baja del bus, mira su mochila con unas cuantas prendas de ropa y piensa que bien podría ser un presagio de lo que le espera en un futuro quizás cercano. Hace la idea a un lado y comienza a avanzar a través del andén, resistiendo la tentación que ofrecen los negocios de dulces.
Ya en la micro que la llevará a casa de su madre recuerda la primera vez que vino de visita, luego de haberse ido la gran capital a estudiar. Su madre estaba tan ansiosa que no pudo evitar decepcionarla y tuvo que comerse todo el festín que le habían preparado, y del que después su estómago pagó las consecuencias. Las siguientes visitas fueron pocas pero constantes, sobre todo en las celebraciones de cumpleaños. ¿Debía volver si terminaba la relación? su mente insistió en el tema. Pensaba que no, pero ya habría tiempo para tomar esa decisión.
Se bajó de la micro dos cuadras antes, sólo para practicar el arte de caminar, mirando las casas de sus amigos de infancia, donde jugaban a las escondidas, al pillarse, vio el árbol desde donde cayó cuando tenía unos diez años; sin darse cuenta se tocó el brazo y notó la cicatriz que el suelo pedregoso le regaló en esa oportunidad. Sonrió ante esos recuerdos.
Recién en la puerta de casa de su madre recordó a la abuela, esa viejita con canas eternas que tanto la quería. No pudo evitar recordar el último consejo que le había dado antes de viajar, hace ya varios años -no dejes que un hombre te haga daño-. Recordó cómo su abuela volvía el rostro hacia el horizonte al decir esa frase, con una mirada que estaba perdida en recuerdos que no quiso preguntar. Podía presentarse calmada frente a su madre, incluso quizás engañarla, pero sería imposible con su abuela, ella notará que algo pasa apenas la vea, de eso estuvo segura ¿qué haría entonces? ¿le confesaría su miedo? ¿lo que había descubierto? ¿acaso había descubierto algo en realidad? Se dijo que no, al menos de momento.
Se armó de valor y abrió la puerta que la saludó con su silbido característico.
Apenas abrió la puerta su estómago sintió el olor que provenía de la cocina y mostró su simpatía gruñendo un saludo. Su madre asomó por el pasillo, su cara se iluminó al verla mientras se secaba las manos con el paño de cocina. Unos instantes más tarde apareció su siempre sonriente padre, sus hermanos adolescentes y su abuela, en quien notó por un instante una mirada distinta, creyó ver asomarse una lágrima que se escondió rápidamente.
Luego de los saludos, besos, abrazos y juegos de revolverse el pelo mutuamente se sentaron y conversaron un rato; explicó que Marcos no vendría porque tenía mucho trabajo, lo que todos lamentaron. Se sintió mal al estar engañando a su familia, le dolía el alma pensar que tal vez en poco tiempo tendría que enfrentarse a ellos con una mala noticia respecto a su relación. Puso atención en la reacción de su padre y madre, debía saber si había sido capaz de engañarlos. Vio que intentaban esconder una sonrisa bajo su cara de tristeza por verla llegar sola ¿será que en el fondo están contentos de verla sin él? Quizás eso le facilitara las cosas cuando...
Llegada la hora de almuerzo fue imposible convencer a su madre de que ella podía y quería ayudar. Mientras daba vueltas entre los árboles del patio que la saludaban soltando hojas al pasar, vio a su abuela caminar hacia ella. Al verla acercarse decidió que no tocaría el tema a menos que su abuela lo mencionara.
- Abue, Marcos me engaña- dijo sin darse cuenta, sorprendida de sí misma, sin atreverse a mirarla.
Esta vez no alcanzó a ver las lágrimas amenazantes en los ojos de su abuela.
- ¿Por qué dices eso?
- Abue, no soy tonta, hace días que Marcos anda distinto, llega tarde con excusas tontas, habla prácticamente a escondidas por su cel...-. No alcanzó a terminar la frase y dos o tres lágrimas comenzaron a rodar lentamente.
- Hija, yo creo que te estás adelantando a los hechos, no creo que eso sea prueba suficiente para pensar mal de él.
Por un instante pensó que su abuela iba a estallar en cólera, con una diatriba contra Marcos; pero esto la dejaba helada, casi tanto como pensar que Marcos tenía otra mujer. Su abuela, la misma que le había dado aquel consejo. La miró fijamente, otras dos lágrimas comenzaron a rodar en sus mejillas.
- ¡Pero abue! ¡No puedo creer que me digas eso! ¡Yo sé que tiene otra!- dijo con un silencioso lamento.
- ¡Cállate!- dijo en voz baja pero con fuerza suficiente para que la sorprendiera. Nunca la había escuchado decir eso a alguien, ni siquiera a sus revoltosos hermanos cuando eran pequeños. Sus lágrimas cesaron de brotar al instante de sus ojos, una de ellas quedó a medio camino y no decidía si continuar o no hacia su mentón.
- Abue, yo...- dijo casi en un susurro.
- Disculpa por gritarte así, escúchame, no me gusta tener que decirte esto.... -Comenzó a decir con voz calma pero con la misma firmeza. En este punto pensó que su abuela iba a darle la razón a Marcos, decirle que seguramente era ella quien había hecho algo mal, que pensara bien antes de culparlo, etcétera. Su corazón se detuvo en este pensamiento.
- Tú sabes que nunca me he metido donde no me llaman, pero... tengo que... Marcos no te engaña- La abuela titubeaba como cuando... por más que hizo memoria no logró recordar alguna vez haberla visto dudar, se notaba la tensión en su frente arrugada. Su abuela dio un suspiro antes de continuar.
- Marcos va a proponerte matrimonio- dijo repentinamente.
Todo dentro de su cabeza dio unas tres o cuatro vueltas antes de atreverse a respirar de nuevo. “¿Qué?”, fue lo primero que pensó luego de que su mente comenzara a quedarse quieta.
- Marcos no te engaña, ha estado a escondidas preparando la sorpresa que acabo de echar a perder, vas a tener que perdonarme ¡es que no soportaba verte así tan triste!
- Abue, pero... yo...
- Olvídalo- la abuela miró fugazmente su reloj-, debe estar por llegar, por favor anda rápido a lavarte la cara y simula sorpresa cuando lo veas.
Se miraron, sonrieron mutuamente y se abrazaron, no hubo más palabras, sólo otras dos lágrimas que esta vez no eran de tristeza. Comenzó a caminar de vuelta a la casa. Cuando estaba entrando al baño escuchó el silbido de la puerta de calle. Su vida estaba a punto de cambiar, era cierto, pero ahora sabía que era un cambio atractivo.

13 de septiembre de 2015

Arriba (y parte 2)


Cuando la respiración se hizo posible tuvo un segundo para pensar. Vio un cuadro, una imagen, un hombre, era un anciano enjuto con ropa de campesino y sombrero de ala ancha para el sol.

Por alguna razón inexplicable había un retrato de su padre, en esta casa vieja y abandonada por al menos treinta y cinco años. Su padre, ese viejo cascarrabias que más de algún dolor le había causado, literalmente. Recordó una de las palizas que le dio cuando no terminó a tiempo su labor diaria en el establo a la edad de siete u ocho años, el recuerdo fue tan real que incluso sintió la punzada de dolor en el brazo que casi le había roto esa vez. Ahí estaba el viejo, con la mirada serena y distante, seguramente pensando en lo bien que le sentaría otra copa.

De pronto nota algo realmente extraño, más si cabe. Su padre murió hace exactamente un año, un día nuboso como hoy, cuando simplemente esa copa, la que, nuevamente, se había prometido sería la última, le hizo quedar dormido mientras conducía a su casa luego de comprar los repuestos para intentar, también otra vez, reparar el viejo tractor. La zanja se tragó el auto con su padre adentro, los médicos dijeron que no murió con el impacto sino que se desangró lentamente. También dijeron que seguramente se había desmayado y no había sufrido mucho dolor. La vida, y la muerte, es muy injusta a veces; el viejo merecía morir con dolor, de eso estaba convencido.

Estos recuerdos y sentimientos llegaron y se fueron en no más de tres segundos. Inspiró repentina y profundamente y sintió una punzada en el pecho, su cuerpo al parecer reaccionaba como si hubiese estado varios minutos sin respirar. Es increíble que a sus más de cuarenta años los recuerdos de su infancia le afectaran de esa forma.

¿Qué demonios hacía un retrato de su padre en esta casa? El viejo no tenía el dinero suficiente para mantener dos casas, de eso había certeza, sobretodo considerando que esta casa necesitaba mucha mantención, e incluso no era descabellado pensar en requerir uno o dos sirvientes que se encargaran de todo. Quien pudiera mantener esta casa seguramente podía mantener el personal adecuado.

De pronto se escucha un ruido sordo proveniente de no supo dónde. Su corazón se detuvo por uno o dos segundos, cosa que lo hizo volver a la realidad. Con su padre enfrente, aunque fuera en un retrato, estaba seguro que nada iba a salir bien, las historias de fantasmas ahora no le parecieron tan descabelladas. Luego de mirar alrededor y no ver movimiento lo pensó mejor, debe ser mamá ratón quien encara a su esposo por no educar de buena forma al retoño, no pudo evitar cierta envidia.

Intenta dejar de lado estos pensamientos y se concentra en el retrato, aunque está cubierto de polvo se ve que es de muy buena calidad. Fue hecho hace varios años, las arrugas en la cara se ven de forma nítida pero ciertamente no son tan profundas como las que recuerda cuando lo vio por última vez hace ya mas de dos años. Se vuelve a mirar los otros retratos que había visto en las paredes anteriormente, no alcanza a verlos completamente ya que está a pocos peldaños de alcanzar el segundo piso y el ángulo no es favorable, mira nuevamente el retrato que tiene enfrente y decide subir, lo que comenzó como una intrusión de la que pavonearse frente a sus amigos y de la que tal vez podría sacar algunas monedas en provecho, se transformó en el descubrimiento de lo que bien podría ser una vida paralela de su padre, una historia oculta, al menos para él.

Sube los pocos peldaños que faltan para llegar al piso superior, la madera del último de ellos se despide con un chirrido agudo y penetrante. En verdad su padre se ve como un hombre educado y honesto, quien lo creyera.

Una vez arriba mira a su alrededor, un pasillo largo de paredes descoloridas y dos puertas, una a cada lado y un cuadro también descolorido al fondo. Unas pequeñas ventanas en la parte superior de las paredes completan el pequeño paisaje en frente de él. Avanza dos pasos, su corazón latiendo con ritmo suficiente para mantenerlo alerta. Comienza a llover, una lluvia tan fuerte como repentina; a lo lejos se escuchan gritos de mujer, seguramente maldiciendo por la ropa puesta a secar y que sin duda a estas alturas ya estaba mojada otra vez. Dos pasos más y ahora un relámpago se asoma por las pequeñas ventanas superiores, seguido unos instantes después por un trueno que gritaba no muy lejos.

Otros dos pasos y ve asomarse una pequeña sombra al final del pasillo, su corazón se detiene, otra vez, mientras su mente intenta descifrar a qué se parece. Afinando la vista, y con la ayuda de un nuevo relámpago, ve que se trata de un pequeño ratón ¿será el hijo ratón que intenta escapar de papá ratón para evitar la golpiza? El rugido del trueno le hace pensar que si, es el mismo. Siente pena por el ratoncito, y cierta empatía, él también lo pasó mal de niño. Avanza otros dos pasos y el crujir de una de las tablas del piso lo hace detenerse nuevamente, mira adelante y el pequeño ratón sigue ahí, sin moverse ¿será que papá ratón está durmiendo luego de su borrachera y por eso no lo persigue? Apartó el pensamiento y adelantó el siguiente paso. La lluvia era más intensa, lo supo por el ruido intenso que producían las gotas al chocar con el tejado, incluso alcanzaba a escuchar el agua golpeando los charcos en la calle.

Vio un cuadro a su derecha que no había notado antes, era una mujer, se acerca un paso mas y el siguiente relámpago le permite ver el rostro de su madre, paciente y sumisa, con la tristeza asomando en sus ojos verdosos. Recuerda la primera vez que su madre intentó protegerlo, enfrentó a su padre para que no lo castigara, o mas bien golpeara, no logra recordar por qué su padre se había enojado, sólo recuerda que no dijo palabra alguna mientras se acercaba a ella.  A su padre sólo le tomó dos o tres segundos llegar a ella, a su madre le tomó casi una semana dejar de sentir el dolor físico.

De pronto un leve y agudo chillido lo sacó del trance en que se encontraba, mira hacia el fondo del pasillo y ve a mamá ratón, sermoneando a hijo ratón, el ratoncito mira a su madre, luego vuelve la cabeza hacia él y lo mira fijamente. Se da cuenta que el ratón lo mira directamente, sus ojos se encuentran. Sabe que quiere decirle algo pero no puede, mamá ratón lo espera impaciente para que termine su merienda, no quiere que cuando papá ratón despierte se de cuenta que su ración de alimento diario está casi sin tocar. Supo todo eso con sólo mirar al ratón a los ojos, un gélido espasmo sacude sus entrañas, recuerda que de niño le sucedió algo similar. Siente pena por el pobre ratoncito, sabe muy bien lo que le espera, por más que se esfuerce en complacerlo, sabe que papá ratón encontrará un motivo para golpearlo, incluso dejarlo encerrado por varias horas dentro del armario, para que se haga hombre y venza de una vez por todas el miedo a la oscuridad. Lo único que recuerda es que tuvo que obligarse a dormir para que el tiempo transcurriera aprisa y salir lo antes posible. Su padre admiró su valentía pero de todos modos le dió unos azotes para que aprendiera a superar sus miedos solo, ya que algún día él no estará para enseñarle ese tipo de cosas.

Al salir de su ensueño el ratoncito ya no está. Bien por él. Mira a su alrededor y decide seguir avanzando al ritmo de los truenos y relámpagos, cada vez mas cercanos uno del otro, la tormenta con certeza hace estragos afuera, suerte que la casa resiste, al menos de momento.

Llega al final de pasillo. Mira a uno y otro lado y no decide qué puerta abrir primero, mira al suelo y ve el agujero que usa la familia ratón para entrar a la habitación a su derecha, resuelve darles privacidad por un tiempo más y gira a su izquierda. Al tomar el pomo de la puerta siente un escalofrío cuando sus dedos toman contacto con el polvo acumulado. La puerta se abre con el sonido desagradable que tienen las puertas que no se abren en mucho tiempo, lentamente un relámpago se cuela por la ventana de la habitación e ilumina el interior, alcanza a distinguir una cama, con un crucifijo a su cabecera, una mesita de noche a la derecha de la cama con una especie de lámpara sobre ella, el resto son sombras. Decide que no hay nada interesante, su instinto, le dice que debe poner atención a la otra habitación. Retrocede un paso y se gira hacia ella. A lo lejos, desde la calle, siente los ladridos de un perro, como intentando prevenirlo de algo.

Avanza un paso y toma el pomo de la puerta, esperaba sentir el polvo en ella, igual que hace un momento, pero extrañamente, o no tanto, está limpia y reluciente, la siente suave bajo sus dedos. Gira el pomo y empuja la puerta lentamente, se abre de manera silenciosa, incluso pareciera que con facilidad, como si la puerta fuera usada a diario. Piensa en la familia ratón pero descarta la idea por resultar imposible. Lo piensa nuevamente, mira el agujero al lado de la puerta al nivel del suelo, si, descarta la idea.

Avanza un pequeño paso y queda en el umbral mirando al interior, hay algo, vislumbra una pequeña luz en un rincón hacia la izquierda, siente una atracción inexplicable y avanza otro paso, y otro, siente como si alguien o algo tirara de él hacia el interior de la habitación. Intenta distinguir qué es esa luz y un relámpago que se asoma por la ventana un costado mas arriba de esa luz deja ver mejor el interior. Lo primero que ve es una mesita de noche con ¡una pequeña lámpara de aceite encendida! Su corazón se detiene nuevamente. Nadie ha visto entrar o salir morador alguno de esta casa desde hace años, él mismo estuvo al menos cuatro o cinco horas rondando la casa antes de decidirse a entrar, y no había visto a nadie siquiera acercarse ¿cómo podía ser posible? Cruza la habitación lentamente hacia la lámpara mientras nota que la cama está perfectamente hecha, tan estirada que estaba seguro que de arrojar una moneda ésta rebotaría limpiamente.

Mira a su alrededor con algo mas de confianza, ya se ha acostumbrado a la poca luz, y poco a poco los relámpagos le van ayudando a ver un armario viejo pero muy bien cuidado, un pequeño baúl en un rincón, tiene la tapa cerrada pero el candado no lo está, no es necesario dejar los objetos de valor bajo llave cuando se vive solo y nadie se atreve a entrar a husmear, bueno, casi.

La pequeña luz de la lámpara le ayuda a ver, pero otro relámpago le muestra una sombra a su derecha y siente su piel helarse y nuevamente los vellos de su nuca se erizan completamente. Comienza a girar su vista con lentitud, esperando ver la persona que habita ese lugar, que se ha mantenido oculta por sabe Dios cuánto tiempo; sólo espera que no sea un loco con un hacha, tal como en las películas de terror. Ve una silueta extraña, una forma que parece humana pero su intuición le dice algo distinto. Forzando la vista un poco más le permite distinguir la figura con algo mas de precisión. La luz de un nuevo relámpago le permite salir de dudas, es un espejo donde se ve reflejado de manera distinta aunque perfectamente reconocible.

Al verse al espejo reflejado con la forma de un ratón lo comprende todo. Se mira con detenimiento, se toca la cara y se da cuenta que es realmente él. Las manos del espejo siguen los movimientos de las suyas con exactitud, inclina la cabeza a un lado y luego al otro y el espejo lo sigue, definitivamente es él, se ve y reconoce en cada detalle, incluso sus rasgos faciales y su expresión ahora tranquila. Si, se siente tranquilo.

El ratoncito no es real, es su propia vida presentada de forma que su mente enferma pueda comprenderla. El doctor tenía razón, ver su vida desde otra perspectiva, como si fuera un ratoncito, le permite de manera mas fácil aceptar la realidad y dejar los traumas de su pasado . Su padre en verdad fue duro con él, recuerda las palizas y malos tratos, pero ahora es capaz de perdonar todo lo que le hizo sufrir. El viejo no conocía otra forma de hacer las cosas, aunque en su fuero interno quería actuar distinto, tener una forma de vida distinta, representada por esta inmensa y vieja casa llena de lujos, lo mejor para él y su familia, una casa acogedora, una familia acogedora y protegida de las inclemencias del exterior. También es capaz de entender a su madre, quien quiso defenderlo pero no supo el mejor método para hacerlo sin poner en peligro la vida de ambos, eso le hizo recordar las veces que la vio llorar a escondidas luego de cada golpiza que a él le propinaba, y más de una vez también la vio cojeando o con uno que otro moretón que seguramente recibió en su nombre. Se sintió profundamente agradecido hacia ella, falleció hace tanto tiempo que no recuerda cuántos años han pasado, la abrazaría su pudiera.

Su mente ahora está tranquila, ha perdonado a su padre y a su madre, y ahora que comprende mejor las cosas, se ha perdonado también a sí mismo, por haber permitido que su mente enfermara y no haber tomado antes cartas en el asunto.


28 de junio de 2015

Arriba



La casa estaba vacía, lo había estado durante al menos los últimos 35 años, desde...

Aún así no se decidía a entrar, los rumores sobre ella eran variados, pero todos coincidían en que nada bueno ocurría a los que rondaban por sus cercanías, pero él estaba seguro que quería entrar, probar que las historias eran cuentos para asustar a los niños que no quieren terminar su comida, sin embargo, ahora que estaba ahí, a diez metros, todo parecía distinto.

Se dijo nuevamente que todo era cuento y se acercó a la entrada, subió los escalones y ahora, a un metro de la puerta, sintió erizarse los cabellos de su nuca. Empujó suavemente la puerta, estaba abierta.

La niebla de la calle parecía también estar dentro, la luz que entraba por las rendijas de la vieja casa era escasa pero suficiente para atisbar algunos muebles, una mesa que le pareció inmensa, de unos cuatro metros, hacia la izquierda, a su derecha dos sofás enormes, junto a dos sillones un poco mas pequeños, pero de todas maneras mas grandes que lo normal. Por un momento se sintió como Jack entrando en la casa del gigante.

Luego de dos o tres minutos, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad interior decidió que, por mas que lo intentara, no había escuchado ruidos, ni siquiera de las desvencijadas ventanas resistiendo el viento, recordó que el viento afuera era lo bastante fuerte como para hacerlas sonar, tal vez su imaginación ya comenzaba a hacerle una mala pasada y las ventanas estaban en mejor forma de lo que parecía.

Avanzó el primer paso y la madera del piso delató su presencia, tal vez la casa no estaba en tan buenas condiciones, o tal vez sólo era el paso del tiempo se había dejado caer de forma mas notoria en el piso, después de todo sólo era una casa vieja.

Luego de unos cuantos metros más, con la madera sonando a sus pies, llegó cerca de uno de los sofás, en realidad era enorme, quienquiera que lo hubiera usado calculó que debería medir mas de dos metros para estar cómodamente sentado y alcanzar el suelo con los pies. Mientras hacía esos cálculos algo se movió fugazmente a su izquierda sin que lo viera, pero sin duda lo sintió, giró rápidamente la cabeza hacia esa dirección, todo estaba quieto, en su lugar, al menos eso es lo que parecía. Intentó convencerse de que la sugestión podía ser mala compañía en estas situaciones así que desechó toda idea preconcebida de fantasmas y muertos vivientes, seguramente mamá gata llevando algún alimento a sus crías, o más seguramente el ratón que se había adueñado de la casa estaba haciendo su ronda diaria, lo que no sería de extrañar.

Volvió la vista nuevamente hacia los sillones, eran hermosos, con bellas terminaciones, seguramente con mucha limpieza se verían lujosos y podrían costar una fortuna. Desechó la idea, tal vez cuando terminara el recorrido y comprobara que los fantasmas no existían pudiera hacerse con algunas de las piezas y ganar algunos billetes. Avanzó unos pasos más y llegó a la chimenea, era enorme, con finos detalles en algo que parecía mármol; se imaginó, y no sin razón, que debía ser fácil calefaccionar la casa, por enorme que fuera, con una chimenea así. Nuevamente sintió algo a su izquierda, hacia donde estaba el comedor, forzó la vista y le pareció ver una sombra moverse, miró con atención y vio que el polvo que se había levantado al pisar el suelo ahora estaba jugando con los pocos rayos de luz que venían del exterior, si hubiese venido de noche no habría contado con esa luz, pero de todas maneras lamentó haber olvidado la linterna.

Un golpe lo hizo olvidar este pensamiento, seguramente el ratón había golpeando a su cría por no comer toda su merienda, que tanto esfuerzo le habría costado traer. Es una estupidez, pensó, un ratón no golpea a su cría por no comer, y si lo hiciera no sonaría tan fuerte, un nuevo escalofrío recorrió su espalda.

Cruzó la estancia y enfiló hacia la habitación del comedor lentamente, su corazón latiendo velozmente le dijo que debía tener cuidado, que los relatos de fantasma tienen una razón, un origen, siempre hay algo de cierto en cada historia, por muy inverosímil que parezca. Alguien, algo, una sombra, se movió a su lado, lo vio por el rabillo del ojo, ese que siempre nos alerta que se aproxima un vehículo en la última fracción de segundo antes de cruzar la calle mientras estamos distraídos. Su corazón ahora estaba desbocado, lo sintió latir en cada parte de su cuerpo, sus músculos tensos comenzaron a dolerle pero no les hizo caso, no saldría corriendo por culpa de una cría de ratón que no tenía hambre.

Giró la cabeza hacia la derecha, donde había una mesita con bordes que en algún tiempo fueron dorados y que servían para no dejar caer la vajilla mientras se traía o retiraba de la mesa. Iba a pensar en otros cuantos billetes pero fue interrumpido por un sonido que provenía del techo, no del techo, en realidad provenía del segundo piso, fue una voz, un quejido, como un susurro imposible de escuchar, sus vellos se erizaron instantáneamente. Luego de dos segundos, que le parecieron 20 minutos, recordó respirar; al mirar hacia arriba calculó que la habitación tenía por lo menos tres metros y medio de altura, algo extraño considerando que la casa completa desde fuera se veía de no más de 5 metros de altura, y era imposible que el segundo piso tuviera sólo un metro y medio, sin descontar vigas, soportes y el propio tejado, claro que otra explicación era que la luz insuficiente le hiciera calcular de manera equivocada, pero en su interior no lo creía.

En vano intentó calmarse, sólo pudo relajar los músculos lo suficiente para poder moverse, decidido a llegar al final del recorrido se acercó a la escalera al fondo de la habitación, iba a averiguar si el segundo piso era morada del resto de la familia ratón, tal vez sus abuelos o algún primo.

Ya frente al primer peldaño, volvió la vista, en este ángulo y con la vista mas acostumbrada, la luz permitía distinguir los cuadros en las paredes, algunos de personas y otros de paisajes campestres, ciertamente la casa era tan antigua como se decía. Mirando nuevamente hacia la escalera subió el primer peldaño, no hizo mas que poner la mano en la baranda para que las telarañas la hicieran retroceder velozmente, como si hubiese estado al rojo. Otro escalofrío recorrió su espalda casi a la misma velocidad con que quitó la mano. Se la limpió en el pantalón y subió el segundo peldaño; al tercero sintió el crujir de las maderas bajo su pie, luego de respirar, se dijo nuevamente, sin mucho convencimiento, que era sólo una casa vieja. Así avanzó peldaño a peldaño, crujido tras crujido hasta que el borde del piso superior quedó a la altura de sus ojos. Alzó la vista y lo que vio le hizo palidecer, su espina dorsal se congeló casi al instante, sus músculos se tensaron tanto que casi se rompen como rocas golpeando unas con otras, un grito ahogado no alcanzó a salir de sus labios, sus pupilas se abrieron tanto que parecían mas grandes que sus propios ojos. Ya no habría oportunidad de ganar esos billetes, y la familia ratón seguirá viviendo tranquila, excepto por su cría maleducada.