2 de octubre de 2015

Cambio de vida

- ¿Seguro no quieres venir amor?
- Me gustaría pero no puedo, tengo que entregar el informe a primera hora el lunes y no llevo ni la cuarta parte.
- Bueno, cuídate, nos vemos a la vuelta -dice, lanzando un beso al aire, que él responde de manera distraída.
Mochila al hombro cruza el umbral de la puerta sin atreverse a mirar atrás. El sol va camino hacia su cenit y Sandra está segura que apenas salga él llamará a la otra. “Tiene otra mujer”, piensa, nunca había dejado de acompañarla a visitar a su familia; aunque Marcos nunca se lo dijo directamente, ella sabe que su familia le cae bien.
“No sé qué hice mal”, se dice, desde que hace dos o tres semanas, cuando comenzó a ver las típicas actitudes sospechosas que tan bien detallan las revistas: monosílabos al hablar por teléfono, sobresaltarse cuando entras de improviso en la habitación, llegadas tarde a casa con motivos poco creíbles, etcétera.
Ya en el bus -porque no quería ir sola en el auto- miraba distraída el paisaje, escuchando en sus audífonos acordes de una música que parecía lejana, como de ensueño; el libro entre sus manos parecía demasiado extenso para siquiera abrirlo. Su mente pasó buena parte del viaje divagando, ¿qué le diré? ¿le pediré que confiese? ¿debo esperar a tener las pruebas o enfrentarlo antes que pase mas tiempo?
Cuando estaba a pocos kilómetros de la ciudad decide levantar un poco el ánimo, no quiere que su familia la vea en ese estado; a fin de cuentas no ha pasado nada, tiene la esperanza de que sólo sea su imaginación y una que otra coincidencia.
Se baja del bus, mira su mochila con unas cuantas prendas de ropa y piensa que bien podría ser un presagio de lo que le espera en un futuro quizás cercano. Hace la idea a un lado y comienza a avanzar a través del andén, resistiendo la tentación que ofrecen los negocios de dulces.
Ya en la micro que la llevará a casa de su madre recuerda la primera vez que vino de visita, luego de haberse ido la gran capital a estudiar. Su madre estaba tan ansiosa que no pudo evitar decepcionarla y tuvo que comerse todo el festín que le habían preparado, y del que después su estómago pagó las consecuencias. Las siguientes visitas fueron pocas pero constantes, sobre todo en las celebraciones de cumpleaños. ¿Debía volver si terminaba la relación? su mente insistió en el tema. Pensaba que no, pero ya habría tiempo para tomar esa decisión.
Se bajó de la micro dos cuadras antes, sólo para practicar el arte de caminar, mirando las casas de sus amigos de infancia, donde jugaban a las escondidas, al pillarse, vio el árbol desde donde cayó cuando tenía unos diez años; sin darse cuenta se tocó el brazo y notó la cicatriz que el suelo pedregoso le regaló en esa oportunidad. Sonrió ante esos recuerdos.
Recién en la puerta de casa de su madre recordó a la abuela, esa viejita con canas eternas que tanto la quería. No pudo evitar recordar el último consejo que le había dado antes de viajar, hace ya varios años -no dejes que un hombre te haga daño-. Recordó cómo su abuela volvía el rostro hacia el horizonte al decir esa frase, con una mirada que estaba perdida en recuerdos que no quiso preguntar. Podía presentarse calmada frente a su madre, incluso quizás engañarla, pero sería imposible con su abuela, ella notará que algo pasa apenas la vea, de eso estuvo segura ¿qué haría entonces? ¿le confesaría su miedo? ¿lo que había descubierto? ¿acaso había descubierto algo en realidad? Se dijo que no, al menos de momento.
Se armó de valor y abrió la puerta que la saludó con su silbido característico.
Apenas abrió la puerta su estómago sintió el olor que provenía de la cocina y mostró su simpatía gruñendo un saludo. Su madre asomó por el pasillo, su cara se iluminó al verla mientras se secaba las manos con el paño de cocina. Unos instantes más tarde apareció su siempre sonriente padre, sus hermanos adolescentes y su abuela, en quien notó por un instante una mirada distinta, creyó ver asomarse una lágrima que se escondió rápidamente.
Luego de los saludos, besos, abrazos y juegos de revolverse el pelo mutuamente se sentaron y conversaron un rato; explicó que Marcos no vendría porque tenía mucho trabajo, lo que todos lamentaron. Se sintió mal al estar engañando a su familia, le dolía el alma pensar que tal vez en poco tiempo tendría que enfrentarse a ellos con una mala noticia respecto a su relación. Puso atención en la reacción de su padre y madre, debía saber si había sido capaz de engañarlos. Vio que intentaban esconder una sonrisa bajo su cara de tristeza por verla llegar sola ¿será que en el fondo están contentos de verla sin él? Quizás eso le facilitara las cosas cuando...
Llegada la hora de almuerzo fue imposible convencer a su madre de que ella podía y quería ayudar. Mientras daba vueltas entre los árboles del patio que la saludaban soltando hojas al pasar, vio a su abuela caminar hacia ella. Al verla acercarse decidió que no tocaría el tema a menos que su abuela lo mencionara.
- Abue, Marcos me engaña- dijo sin darse cuenta, sorprendida de sí misma, sin atreverse a mirarla.
Esta vez no alcanzó a ver las lágrimas amenazantes en los ojos de su abuela.
- ¿Por qué dices eso?
- Abue, no soy tonta, hace días que Marcos anda distinto, llega tarde con excusas tontas, habla prácticamente a escondidas por su cel...-. No alcanzó a terminar la frase y dos o tres lágrimas comenzaron a rodar lentamente.
- Hija, yo creo que te estás adelantando a los hechos, no creo que eso sea prueba suficiente para pensar mal de él.
Por un instante pensó que su abuela iba a estallar en cólera, con una diatriba contra Marcos; pero esto la dejaba helada, casi tanto como pensar que Marcos tenía otra mujer. Su abuela, la misma que le había dado aquel consejo. La miró fijamente, otras dos lágrimas comenzaron a rodar en sus mejillas.
- ¡Pero abue! ¡No puedo creer que me digas eso! ¡Yo sé que tiene otra!- dijo con un silencioso lamento.
- ¡Cállate!- dijo en voz baja pero con fuerza suficiente para que la sorprendiera. Nunca la había escuchado decir eso a alguien, ni siquiera a sus revoltosos hermanos cuando eran pequeños. Sus lágrimas cesaron de brotar al instante de sus ojos, una de ellas quedó a medio camino y no decidía si continuar o no hacia su mentón.
- Abue, yo...- dijo casi en un susurro.
- Disculpa por gritarte así, escúchame, no me gusta tener que decirte esto.... -Comenzó a decir con voz calma pero con la misma firmeza. En este punto pensó que su abuela iba a darle la razón a Marcos, decirle que seguramente era ella quien había hecho algo mal, que pensara bien antes de culparlo, etcétera. Su corazón se detuvo en este pensamiento.
- Tú sabes que nunca me he metido donde no me llaman, pero... tengo que... Marcos no te engaña- La abuela titubeaba como cuando... por más que hizo memoria no logró recordar alguna vez haberla visto dudar, se notaba la tensión en su frente arrugada. Su abuela dio un suspiro antes de continuar.
- Marcos va a proponerte matrimonio- dijo repentinamente.
Todo dentro de su cabeza dio unas tres o cuatro vueltas antes de atreverse a respirar de nuevo. “¿Qué?”, fue lo primero que pensó luego de que su mente comenzara a quedarse quieta.
- Marcos no te engaña, ha estado a escondidas preparando la sorpresa que acabo de echar a perder, vas a tener que perdonarme ¡es que no soportaba verte así tan triste!
- Abue, pero... yo...
- Olvídalo- la abuela miró fugazmente su reloj-, debe estar por llegar, por favor anda rápido a lavarte la cara y simula sorpresa cuando lo veas.
Se miraron, sonrieron mutuamente y se abrazaron, no hubo más palabras, sólo otras dos lágrimas que esta vez no eran de tristeza. Comenzó a caminar de vuelta a la casa. Cuando estaba entrando al baño escuchó el silbido de la puerta de calle. Su vida estaba a punto de cambiar, era cierto, pero ahora sabía que era un cambio atractivo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario