6 de octubre de 2015

Viaje de una palabra


“¡Rayos! ¡Otra vez!”. Son más de las siete de la tarde y recién está saliendo del trabajo. A esta hora ya no tiene sentido correr al metro, va a estar lleno, pero no puede evitar caminar a paso redoblado. “¡Fila en el torniquete!, ya no puedo mas”. Cierra los ojos, respira hondo, mantiene, cinco segundos, cuatro, tres, dos, uno, bota el aire, abre los ojos y como era de esperarse la gente no ha desaparecido; al menos hay oxígeno en su cerebro, su corazón agradece el gesto disminuyendo la marcha. Avanza al compás de la fila, marca y por una fracción de segundo duda si debe continuar recto o girar. La persona que venía tras ella la roza levemente mientras adelanta por la derecha, la sigue mecánicamente y luego ve que es el camino correcto. Ya en las escaleras atisba la cantidad de gente en el andén y se da cuenta que no son tantas, podría ser peor. Encaja los audífonos en sus orejas, mira la pantalla de su celular y como no tiene ganas de decidir qué escuchar presiona el botón de reproducción aleatoria, dos segundos más tarde una de sus favoritas empieza a sonar, sus labios dibujan una sonrisa.
Deja pasar un tren. Al llegar el siguiente avanza con lentitud, más bien tranquilidad, junto al resto de las personas; la nueva melodía que ya suena le hace mover los labios siguiendo la letra, exhalando palabras sin sonido. Ya dentro se acomoda en un rincón, mira a un lado y luego al otro imaginando algún conocido a quien saludar, o para su mala fortuna algún conocido al que no quisiera saludar, quién sabe.
Comienza la siguiente canción y sus labios se adaptan automáticamente al ritmo. Un señor con suficientes años encima para merecer el asiento reservado, pero también con el suficiente orgullo para saber que aún puede hacer un pequeño viaje de pie la mira, sonríe para sus adentros cuando ve que sus labios y cabeza siguen algún tipo de suave compás.
Si bien la música le gusta decide bajar un poco el volumen, quiere escuchar los avisos del conductor porque no quiere pasar de largo y retrasar -más- su llegada a casa. Levemente, algunas conversaciones se asoman entre acorde y acorde sin prestarles mayor atención. De pronto una palabra de una de esas conversaciones ajenas se cuela entre negras y corcheas, su consciente apenas la ve pasar, pero su inconsciente la recibe con una reverencia. Luego, el inconsciente, para aprovechar la música de fondo, con una seña la invita a bailar la siguiente pieza; entre un compás y otro, como un engendro malévolo, la palabra se multiplica y hace aparecer otras dos para quedar formando una idea, esa idea repentinamente inicia un giro siguiendo el ritmo de la canción a toda velocidad y sin querer sale disparada al consciente. Ella casi ve esas palabras saltar frente a sus ojos, que medio dormidos se abren de improviso. Se mete la mano al bolsillo del abrigo, saca rápidamente su celular, lo enciende y torpemente busca la aplicación para tomar notas. Comienza a escribir sin darse cuenta muchas palabras en un principio alocadas y sin sentido, luego, poco a poco, va ganando velocidad, su mente ya está atiborrada de palabras que necesita plasmar en la pequeña pantalla. Sus dedos no dejan de escribir mientras el señor, que sigue a su lado, la mira embobado; él, que se sentía orgulloso también de poder usar el aparatito para mandar mensajes, ahora, ante esa velocidad, se siente un vejestorio nuevamente mientras mira de reojo el asiento reservado.
Las ideas fluyen casi sin darse cuenta, las personas suben, bajan, pasan a su lado sin notarlas. Toda ella es sinónimos, sustantivos, verbos que salen de sus dedos, cada músculo de su cuerpo está dedicado a tomar las palabras que aparecen en su mente y transformarlas en algo coherente y organizado. La música ha pasado a segundo lugar, sólo sirve de telón a la trama que se prepara tras las letras que se iluminan una tras otra. Las palabras en la pantalla suben y bajan, corrección de una que está mal escrita, una coma perdida, un acento faltante y, entre todo eso, el viento que se introduce a escondidas por las ventanas sin pagar su pasaje le desordena el cabello y de paso le recuerda que debe respirar. El señor a su lado se baja en una estación y se pierde la batalla contra una frase que se resiste a adquirir coherencia, pero que finalmente cae rendida tras ser acribillada por el teclado. Fugazmente levanta la vista, sus ojos intentan enfocarse en lo que hay a su alrededor, lo primero que alcanza a distinguir es el letrero con el nombre de la estación frente a ella “¡Mi estación!”. Antes de dar el primer paso comienza el pitido que anuncia el cierre de puertas. Últimas dos palabras y punto final. Mira nuevamente al frente y mientras con una mano bloquea el celular con la otra acomoda su bolso, cruza la puerta de un brinco en tanto su bufanda se libra por un escaso centímetro de viajar una estación más.


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